<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445</id><updated>2011-04-22T00:27:04.412+02:00</updated><title type='text'>Cuentos y Relatos</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>13</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-8927450907160812493</id><published>2007-01-14T10:46:00.000+01:00</published><updated>2007-01-14T10:47:46.070+01:00</updated><title type='text'>UN MANTO DE ESTRELLAS</title><content type='html'>Eran las veladas en el bosque lo que más echaba de menos. Su madre siempre le había acompañado de niño en sus paseos nocturnos bajo las estrellas. Le gustaba verla caminar, sus pies descalzos rozando el rocío de la hierba, y escuchar el suave murmullo de las gotas de rocío al acariciar su piel. Ella no reía mucho: la muerte de su esposo pesaba demasiado en su corazón. Pero en esos paseos nocturnos, ella le cantaba las viejas canciones de sus antepasados, y a él le encantaba seguirla, la luna reflejada en la larga melena que le caía más allá incluso de la cintura. Cuando soplaba la brisa del sur, los cabellos le flotaban y se mecían al ritmo cadencioso de los suspiros escapados de su pecho, mientras la luna se miraba en las hebras blancas que la pérdida del amor había sembrado aquí y allí, sin menoscabo a su belleza, su suavidad, ni su fragancia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Cuéntame otra vez cómo Isildur rescató el fruto, mamá! – le pedía, alegremente ajeno a la congoja que timbraba la voz de su madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gilraen suspiraba, recogía la voz en el silencio unos instantes y comenzaba de nuevo la historia de su ya lejano antepasado. Muerto su esposo, en ella recaía por completo la labor de que su hijo conservase la memoria de su estirpe. Era una labor amarga, pues aunque estaba orgullosa de pertenecer a la raza de los Altos Hombres, había en esa historia demasiados lecciones marcadas por la vergüenza, el fracaso y la pérdida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero para un niño de diez años, eran aquellas narraciones de grandes aventuras, de batallas y hazañas, de magia y de leyenda. La inocencia de su corta edad suavizaba los errores que aquellos nobles guerreros de su misma sangre pudieran haber cometido. Así que no se cansaba de escuchar a su madre, ya fuese cantando por los bosques, sentados junto al hogar en invierno o a la orilla del río, sus pies sumergidos en las frescas aguas en aquellas largas noches de estío. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otras veces, mientras peinaba con los dedos el sedoso y largo cabello de su madre, era él quien le cantaba o narraba las viejas historias, como si se tratase de una lección que debía dar a una bellísima maestra. Y era precisamente cuando ella permanecía en silencio mientras le acariciaba la melena, cuando Aragorn más se apercibía de la profunda tristeza de su madre. Sentía cada fino mechón como ríos de llanto mudo que corriesen por sus dedos, cada hebra blanca una lágrima seca inmortalizada en el espeso velo negro de su larga noche de duelo. La acariciaba hasta mucho tiempo después de agotada la última nota, permaneciendo ambos silenciosos en el discreto rumor de la espesura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Mamá?&lt;br /&gt;- ¿Sí, hijo?&lt;br /&gt;- ¿Le robaste a la noche sus cabellos?- y su madre se giraba, sonriendo.&lt;br /&gt;- ¿Cómo podría haber hecho eso?&lt;br /&gt;- No lo sé. Pero si no se lo robaste, debió ser la noche quien te regaló un retazo de su manto de estrellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces su madre se giraba, sonriendo con dulzura, y le estrechaba fuerte pero tiernamente entre sus brazos, su pelo cubriéndole y ocultándole las lágrimas que, esta vez sí, corrían húmedas y calientes por su rostro. “Las mismas palabras” –se decía-, “las mismas palabras que me decía su padre”.&lt;br /&gt;Mucho hacía que su madre había marchado de Rivendel, y Aragorn había crecido, espigado y ágil, fuerte y flexible, sus rasgos ya madurando hacia el rostro del adulto en quien en breve se convertiría. Pero en sus ojos la inocencia seguía pugnando contra la tristeza y, aunque muchos motivos tenía que la congoja alentaran, la juventud de su corazón rebosaba de esperanzas. Aunque sin su madre, seguía yendo cada noche que podía a pasear bajo los árboles, descalzo como antaño lo hiciera Gilraen y contemplando el manto de estrellas de la noche con la brisa del sur acariciándole la piel. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche era noche de luna llena, y el verano la hacía especialmente apacible y hermosa. El cielo despejado se le antojaba un mar de negrura donde peces de plata nadaban en perfecta armonía. La sangre le corría inquieta por las venas y el calor rodaba transparente por su piel aún lampiña. Cuando terminó de cenar, salió a la noche, a la espesura, y corrió hasta alcanzar el río. Se desnudó, dejó las ropas sobre una piedra brillante y limpia y se sumergió en las aguas cantarinas, permaneciendo allí hasta estar la luna bien alta en su curso. Salió entonces, bailando bajo sus rayos hasta secarse con su luz como si de la del sol se tratase. Después, se vistió y fue a caminar, pendiente sólo de la canción y las fragancias del bosque. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ensimismado, no se dio cuenta de que no estaba solo hasta que escuchó una risa suave mecida por la brisa del sur. Todos sus sentidos se aguzaron, buscando el origen de aquella canción de sonrisas. Caminó siguiendo las huellas que el sonido le dejaba, silencioso como un gato que acechase una presa, escondiéndose en las sombras de árboles y arbustos, tras las rocas y los troncos de los árboles caídos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin, un movimiento desveló su objetivo. Una figura alta de negros cabellos giraba dando vueltas, riendo suavemente, la luna prendida en la seda blanca de su vestido, su luz reflejada en los finos hilos de plata y las gemas que cubrían su melena. Sin apenas darse cuenta de lo que hacía salió de la espesura y, dirigiéndose a bellísima desconocida, dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Le robaste a la noche sus cabellos?–. La dama, de la estirpe de los elfos, le miró sin sorpresa y aún sonriendo.&lt;br /&gt;- ¿Cómo podría haber hecho eso?&lt;br /&gt;- No lo sé. Pero si no se lo robaste, debió ser la noche quien te regaló un retazo de su manto de estrellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así fue como, por primera vez, Aragorn vio a Arwen, estrella de la tarde, tan hermosa como lo fuera la estrella de la mañana, Luthien. Y así fue como le entregó su corazón antes siquiera de conocer su nombre, preso por siempre de un manto de estrellas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Zirbêth.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-8927450907160812493?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/8927450907160812493'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/8927450907160812493'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2007/01/un-manto-de-estrellas.html' title='UN MANTO DE ESTRELLAS'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-109973314024989480</id><published>2004-11-06T10:23:00.000+01:00</published><updated>2004-11-06T10:25:40.250+01:00</updated><title type='text'>EL ESPEJO DE NIMRODEL</title><content type='html'>Ya no podía ignorar por más tiempo la llamada del mar. La sensación de necesidad se había convertido en urgencia, y una inquietud le asaltaba el corazón cada vez que la tormenta provocaba el estallido de las olas contra los muros del puerto. Su espíritu se alzaba al ritmo de las olas y cada choque contra la piedra le causaba un dolor lacerante. Porque sabía que su tiempo en Edhellond había llegado a su fin y que su anhelo le acompañaría en su viaje al Oeste. La noche le traía el eco de una llamada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos sabían del amor que Amroth había profesado a la hermosa Nimrodel. Las leyendas y canciones, los cuentos y poesías sobre su desdichado amor le habían acompañado toda su vida, como el sordo eco de su propio dolor. En el tiempo en que todavía ella cantaba junto a las aguas del Nimrodel, él fue testigo y compañero desconocido del gran príncipe. Ambos escuchaban extasiados el canto de la dama, cuya voz se mezclaba con la del río en la cascada, en melodías dulces y melancólicas unas veces, alegres y esperanzadoras otras. Él estuvo allí cuando ella le dio su nombre al río, pues tan profundo llegó a ser el lazo entre ambas voces, que río y dama eran uno, tanto que cuando el rey Amdír pereció en la batalla y Amroth tomó la corona, el nuevo rey mandó apostar guardias desde el nacimiento del río hasta su desembocadura, para que ninguna criatura maligna mancillase sus aguas. Tal era su amor hacia ella, que se construyó, como es sabido, su morada en las copas de los árboles para estar siempre cerca de su canto, que se elevaba desde las aguas como un aroma de mil flores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él, sin embargo, permaneció al pie de los árboles, siempre escondido y siempre escuchando, incluso cuando la quietud sustituía los cantos, y Nimrodel caminaba silenciosa y descalza, sus pies acariciando las aguas y la hierba, su corazón siempre donde su pensamiento le decía que no debía estar. La veía levantar la mirada hacia las copas y murmurar el nombre del rey. Pues, aunque se resistía con todas sus fuerzas, el amor por Amroth había germinado y florecido en su pecho, y hacía mucho tiempo que su canto le buscaba como los ojos del sabio rey a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más, al final, ni siquiera los arqueros de Lorien consiguieron mantener a los enanos y a los orcos lejos de las aguas de Nimrodel, y ésta huyó hacia el sur asustada, siguiendo el  curso del río. Fue él quien alertó a Amroth de esta huída, y vio marchar tras la dama al rey. Y fue tras ellos, pues de algún modo, aunque sabía de su mutua pasión y de su propia desesperanza, el amor que sentía hacia la dama hacía mucho tiempo que se conformaba con su simple cercanía. ¿Cómo no alegrarse, entonces, cuando por fin en el encuentro ambos se confesaron su amor y se comprometieron? Aunque sus ojos vertieran lágrimas en aquellos momentos, aunque se supiese condenado desde entonces a la soledad, ¿cómo evitar sentirse feliz por ella, por ambos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se alejó de ellos y se retiro a sus estancias secretas junto al río. Las lágrimas le recorrían las mejillas, pero no había música que acompañase este curso por la piel. Permaneció varios días allí, escondido del mundo y sólo, hasta que la voz de Nimrodel le sacó de su ensimismamiento y salió de su escondite en las raíces de un frondoso y anciano árbol. Ella cantaba con una voz más armoniosa aun si cabía. Y danzaba solitaria junto a las aguas. Lamentó entonces que las aguas junto a la cascada fuesen tan vivas, pues ella no podía contemplar su propia belleza, su sonrisa radiante y el brillo del amor en el fondo de sus ojos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fue así como decidió poner todo su amor en una obra, un regalo, para las nupcias de aquellos dos corazones inmortales. Aquella misma noche rogó a las estrellas que iluminaran su camino hasta encontrar él árbol preciso y con el talló el marco. Luego, aplicó todo el saber aprendido de los suyos y capturó en una suave superficie la belleza de las aguas, creando así el remanso que la cascada jamás permitía. Estuvo entregado a su obra durante semanas, y en cada pequeño esfuerzo puso gotas de su amor hacia Nimrodel, para que la pena no tuviera cabida ni el egoísmo hallara fértil terreno en el que crecer. Hasta la última esperanza de su amor la depositó en la obra de sus manos y, cuando la hubo finalizado, la cargó para llevársela a ambos enamorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero cuando alcanzó Cerin Amroth halló que se habían marchado, y supo de la decisión del rey de partir hacia el Oeste con su amada, quien le había pedido que la llevara donde la Sombra no les alcanzara. Entonces, cargó a su espalda el preciado presente y marchó al encuentro de la comitiva, aunque una inquietud sin nombre le oscurecía el corazón. Trataron de disuadirle, pues se sabía que tras la Dagorlad compañías de orcos vagaban por las montañas y valles hacia el sur y que todo el camino entre Lorien y Gondor era acechado por Hombres hostiles. Pero ninguna razón ni consejo le disuadió, y partió solo en busca de los amantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas noches conocieron sus pies y no pocos sinsabores, pero al fin llegó a la bahía de Belfalas; y allí supo de la desaparición de Nimrodel y que el rey la esperaba pese a la cercanía del invierno, sin perder la esperanza, siempre mirando hacía las montañas, con el oído alerta por si la voz de su amada llegaba entre las nubes que, cada vez más espesas, obstruían su impaciente mirada. Así que, sin tiempo para el descanso, dejó atrás al rey y volvió a los caminos en busca de Nimrodel, pues temió como todos por su vida, pero él no supo ser paciente y esperar. Muchas lunas anduvo buscando por los innumerables caminos que recorrían el trayecto de Lorien a la bahía donde se hallaba el puerto élfico, pero sin hallarla. Y durante todo el trayecto, llevaba el trabajo de sus manos y su amor cargado a la espalda. Cuando llegó a Lorien, nadie le pudo dar noticias de la dama Nimrodel, así que volvió a emprender el regreso al puerto donde quedase Amroth, aunque trató esta vez de seguir el río todo el tiempo posible, en la esperanza de encontrar de nuevo las voces unidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando por fin alcanzó su destino, la tragedia de Amroth lo esperaba. Supo así de la tormenta que se llevó las naves de hombres y elfos del puerto, del grito desesperado del rey y de su salto a las aguas. Pero de Nimrodel no tuvo noticia alguna. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enfermó entonces, y los habitantes del puerto le acogieron y le llevaron a una casa frente a la torre del carpintero de barcos, donde le dieron cama, comida y todo tipo de cuidados. Y al descubrir el tesoro que portara a la espalda, pensando que debía ser de mucha importancia para él, lo colgaron sobre su cama y frente a la ventana, para que así multiplicase la luz en la habitación y le ayudase a sanar. Sin embargo, él permaneció mucho tiempo en silencio, como enajenado, y se dejaba cuidar como si de un niño se tratase. Tanto tiempo pasó postrado en cama, que cuando por fin recuperó la salud no supo donde se encontraba. Desorientado se levantó y salió a la calle, y allí la mujer que solía cuidarle le encontró y le ayudó a recordar. Sentados frente al puerto en aquella mañana soleada, fue recordando poco a poco todo su devenir en busca de Nimrodel y supo entonces que nadie la había vuelto a ver. Tras un largo silencio, le preguntó por la carga que llevara, y ella le condujo de nuevo a sus estancias. Y allí, en la obra de sus manos que con tanto amor creara, descubrió que el tiempo había obrado una maravilla. Pues en lo más alto de superficie lisa que el labrara había ahora una imagen. La misma imagen que se podía observar desde la ventana de la que era ya su morada: el puerto de Edhellond, la torre del carpintero de barcos y en el cielo, un gran cisne deslizándose en el aire y sobre las aguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La luz del amanecer le sorprendió en estas meditaciones y con un suspiro volvió al presente. Muchos años habían pasado ya desde que sanara, y durante todo este tiempo habitó en el puerto élfico, desde el que cada primavera había visto partir a más y más de los suyos. Ahora ya sólo unos pocos quedaban y pronto otro barco zarparía. La primavera estaba cerca y se ultimaban los detalles finales de otra de las embarcaciones de los elfos. En esa nave, también el partiría más allá de Ekkaia, el Mar Exterior, hasta las Tierras Imperecederas. Sin embargo, aún quería realizar un postrero viaje. Del armario sacó sus viajas ropas de caminante y tomó de la pared la pieza que con tanto amor confeccionase tantos años atrás. La envolvió cuidadosamente y la cargo en su espalda. No había nadie despierto aún cuando abandonó la hermosa ciudad junto al mar y se internó en los valles. Los días transcurrieron fríos pero hermosos, ninguna lluvia ni criatura perturbó su caminar y así, finalmente, llegó hasta él la música de la cascada y el rumor del agua, y sintió su corazón latir con fuerza, pues le parecía escuchar las notas que antaño brotasen de su amada y de las aguas como si fuesen una sola fuerza. Hundió las manos y el rostro en las aguas y dejó que sus lágrimas se mezclaran con la corriente del río. Tras descansar un rato, se dirigió al árbol donde de hallaba su escondite y lo encontró cubierto por las hojas caídas y el musgo, pero por lo demás intacto. Lo limpió y colocó unas ramas muertas a modo de tejado, para proteger la pequeña estancia de la lluvia y colocó en él aquel regalo nunca entregado, aquella prenda de su corazón y de sus manos, y allí la dejó. Al alejarse se sintió liviano y por primera vez en mucho tiempo sonrió. Un barco le esperaba, pues también para él había llegado el momento de decir adiós a la Tierra Media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Éowyn Zirbêth&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-109973314024989480?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109973314024989480'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109973314024989480'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/11/el-espejo-de-nimrodel.html' title='EL ESPEJO DE NIMRODEL'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-109795407797175287</id><published>2004-10-16T21:12:00.000+02:00</published><updated>2004-10-16T21:14:37.970+02:00</updated><title type='text'>DEMASIADO TÍPICO</title><content type='html'>No me puede estar pasando esto a mí", se dijo, mientras se levantaba del suelo y miraba el pendiente a contraluz, aunque le había bastado palparlo para identificarlo como ajeno. Se sentó un momento en la cama y le vinieron a la mente, al menos, cinco películas y tres novelas (malas casi todas) donde la esposa descubría la infidelidad del marido al encontrarse un pendiente ajeno bajo la cama. Le vino la escena de Andy McDowell aspirando la casa y descubriendo la prueba de que su marido se la estaba pegando con su marido, en aquella cinta, Sexo, mentiras y cintas de video, y se descubrió imaginándose a ella con el morenazo de Gallager envueltos en mil sudores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se echó el pendiente al bolsillo. Su marido estaba en la ducha. Se fue a la cocina he hizo como si nada. Al día siguiente, cuando su marido se fue a trabajar, salió a la calle y compró otro par de pendientes y dejó uno de ellos justo donde había encontrado el de la amante. Luego, un poco antes de que llegase su marido, colocó la cámara de video de modo que enfocase debajo de la cámara y la dejó grabando, escondida bajo unas ropas. Cuando el marido llegó, le dijo que bajaba a por tabaco, dejándole el campo libre. Pero al volver, el pendiente seguía allí. Paró la cámara mientras estaban cenando y viendo una película, y la volvió a conectar antes de irse a la ducha. Al día siguiente, la cara de su marido le miraba algo colorada por la postura desde debajo de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hizo un par de llamadas de teléfono, cogió las maletas y metió dentro toda la ropa, la bolsa de aseo, los zapatos y escribió una nota. Llamó a un taxi y se fue a un buen hotel de las afueras. Con la tarjeta de crédito de él, reservó la mejor suite para dos noches, ordenó champán y una langosta. Cuando se sintió satisfecha, se fue de nuevo a la ciudad, compró un móvil con la misma tarjeta  hizo un par de llamadas. Llegó a casa justo para atender a su cita de las cuatro y luego se fue a darse un baño espumoso. Desde la bañera llena de agua hirviendo y espuma, mandó un mensaje desde el nuevo móvil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día había sido un verdadero infierno. Primero, ella le había dejado. Se había quedado pálida como polvo de talco y, a la vez que dos lagrimones le corrían por el rostro, le había pedido que se fuera, primero con voz queda, luego gritándole como una posesa. Como él no entendía el porque, trató de acercársele para abrazarla, pero ella le había empezado a golpear y, cuando se había logrado zafar, aún sorprendido y sin dar crédito a lo que sucedía, ella empezó a lanzarle los objetos que iba encontrando a su alcance. A causa de la pelea, que seguía sin explicarse, había llegado tarde a una reunión con un cliente nuevo y lo había perdido. Al llegar a la oficina, su jefe le esperaba con cara de pocos amigos, pero no gastó demasiada saliva: "Despedido". Y, sin más, llamó a seguridad. Tuvo el tiempo justo para recoger sus cosas, bajo la atenta mirada del guardia de seguridad y su secretaria (ex-secretaria entonces), que vigilaban para que no se llevase información confidencial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fue a casa con intención de relajarse y contarle todo a su mujer, pero al llegar la llave no abría. Estaba por llamar al cerrajero, cuando le llegó un mensaje al móvil. "Ven lo antes posible, estoy impaciente", y una dirección en las afueras. Se quedó un momento pensativo, aplicó el oído a la puerta conteniendo el aliento, pero no escuchó nada. Se dio la vuelta y se marchó. Por fin parecía que algo le salía bien ese día. Seguramente era ella, arrepentida por la escenita (no era la primera vez que le montaba una, aunque esta había sido sin duda alguna la más espectacular). Necesitaba echar un polvo para relajarse y contarle lo del trabajo. Bueno, en realidad le daba igual, ya que era más una tapadera que otra cosa. Su verdadero negocio era otro. Por eso, lo más importante era reconciliarse con ella. Ya llamaría a casa para ver que pasaba con la puerta. Aparcó el coche frente a la entrada del hotel, un caserón antiguo muy bonito y bien cuidado, al estilo de los palacetes de finales del siglo pasado. En recepción le dieron la llave y subió a la habitación. Una música suave se colaba por entre las rendijas de la puerta y el olor a jabón de lavanda perfumaba la habitación. No vio las maletas, pues estaban tras la cama, alta y con dosel, y él se había dirigido directamente al cuarto de baño, de donde parecía provenir la música. La nota estaba sobre el lavabo, y la abrió concierto reparo. Dentro, encontró un pendiente y una nota que decía. "No vuelvas nunca".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Zirbêth&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-109795407797175287?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109795407797175287'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109795407797175287'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/10/demasiado-tpico.html' title='DEMASIADO TÍPICO'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-109679880066499236</id><published>2004-10-03T13:19:00.000+02:00</published><updated>2004-10-03T12:20:00.663+02:00</updated><title type='text'>LIBERACIÓN</title><content type='html'>Llegó a casa antes de lo normal, porque un profesor había faltado y no le apetecía quedarse en la calle pasando frío para hablar de lo de siempre con los amigos. Las luces estaban apagadas y una rápida inspección bastó para confirmar que estaba sola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a la puerta de entrada y echó el pestillo. Se quedó un instante observando la puerta, como si no estuviese segura de algo. Miró alrededor unos segundos, buscando algo. Un momento después estaba empujando la enorme cómoda de la entrada y, tras varios forcejeos, la dejó bloqueando la puerta. Pero no le pareció suficiente, así que empujó también el sofá de tres plazas, un macetero de piedra muy pesado y se dedicó a llenarlo todo de libros, los más gordos, las enciclopedias y los manuales de derecho de su padre. Después, como colofón, sacó todas las figuritas de cerámica de la casa y las colocó por encima de su montaña de estorbos. Y las copas de champaña que la novia de su hermano había traído como regalo de un viaje a Italia. Hizo una pirámide con ellas y las llenó de cocacola. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miró su obra con complacencia. Luego, se acercó al equipo de música del salón y lo puso a todo volumen, encendió también la tele, las radios despertadores del cuarto de su hermana y de sus padres. Descolgó uno por uno los cuadros de la casa y los metió en la bañera, puso el tapón y abrió en grifo de la caliente. Se fue luego a su propio dormitorio y sacó de la bolsa protectora su vestido de comunión, que su madre guardaba para su hermana pequeña, y lo extendió en la mesa de la cocina. Del baño trajo el neceser de las pinturas e intentó iniciarse en la pintura abstracta y el cubismo al mismo tiempo. Como el resultado no le convenció, antes de dejar que las diferentes texturas se secaran, con un martillo colgó el vestido con la cara pintada contra la pared del pasillo y con ayuda de la fregona hizo una impresión en la misma. Frotó con tanto ímpetu, que acabó arrancando el vestido de donde lo había clavado y siguió extendiendo la pintura al ritmo de la música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la canción acabó, dejó caer la fregona y el vestido y se fue a la cocina, sacó del cajón el cuchillo jamonero y se fue a la habitación de su hermana. Buscó en el armario las medias y las fue poniendo en las cabezas de los peluches, una a una. Luego, los fue destripando en el mismo orden con el cuchillo y derramó la laca de uñas del tocador para que pareciese la sangre. Eso sí, sangre rosa, blanco nacarado, azul... Les arrancó los ojos a todas las fotos que encontró por la casa, y los dejó pinchados en un alfiler en el pan de la panera. Del mueble de los zapatos sacó cogió uno de cada par y los metió en la lavadora. Con lejía, por supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le entró hambre, así que se preparó un colacao y unas tostadas y se sentó a tomarlo mientras escuchaba como los zapatos daban golpes en el bombo metálico de la lavadora. Cuando terminó, fregó lo que había ensuciado y el resto de los platos que encontró en el fregadero. Luego, como se sentía un poco cansada, se fue a su cuarto, se puso el pijama, unos tapones de las orejas y se echó a leer. Debió quedarse profundamente dormida, porque sólo se despertó cuando la agitaron fuertemente. Pese a los tapones en los oídos, podía escuchar los gritos de su padre, sentir las lágrimas no vertidas aporreando las pupilas de su madre. Veía pasar a su hermana por el pasillo muy agitada, hablando por el móvil y haciendo aspavientos. De un brazo la sacaron de la cama, y al tocar el suelo se le empaparon los calcetines. A rastras la llevaron al salón. Se clavó un cristal en el pie, de alguna de las figurillas o copas que para echar la puerta abajo habían roto, pero no dijo nada. Zarandeándola, la llevaron por la casa, como para enseñarle los destrozos. “Que absurdo”, pensó, “yo ya lo he visto todo”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde, en el hospital, mientras le sacaban el cristal del pie y le daban un tranquilizante a su padre, que seguía rojo de ira y tenía la tensión por las nubes, su madre hablaba con el psiquiatra del centro, acompañando con gestos de las manos y los brazos la narración de lo ocurrido. Su padre se unió a ellos y entonces, el enfermero la miró y le preguntó, sonriendo tímidamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pero, ¿qué ha pasado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella le miro con curiosidad y le devolvió la sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Quiero decir, ¿por qué lo has hecho?&lt;br /&gt;- Eres muy amable. De hecho, eres la primera persona que me lo ha preguntado. Muchas gracias, por eso y por sacarme el cristal, me molestaba mucho. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, volviendo a sonreírle, se echó para atrás en la camilla y le pidió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Tenéis algo de leer aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Zirbêth&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-109679880066499236?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109679880066499236'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109679880066499236'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/10/liberacin.html' title='LIBERACIÓN'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-109007196612007710</id><published>2004-07-17T15:43:00.000+02:00</published><updated>2004-07-17T15:46:06.120+02:00</updated><title type='text'>¿NO HAS TENIDO NUNCA UN DÍA BRUMOSO?</title><content type='html'>¿No has tenido nunca un día brumoso? ¿Sabes lo que es? &lt;br /&gt;Un día brumoso aparece cuando menos te lo esperas. Puede ser después de una tormenta o de un hastiante día de fuego. Son días mágicos. Días de despertar diáfano, de esos en que te desperezas estirando todos tus miembros hasta que las sábanas y mantas caen por los lados de la cama, que el frío de la mañana no parece afectarte, que el azul del amanecer permanece en la mirada desde antes de que la noche acabe y hasta que la oscuridad vuelve a cubrir todos los ojos. &lt;br /&gt;Son días apacibles, que pasan de puntillas por la vida, sin hacer ruido, sin molestar. Días de colores suaves y miradas dulces. Días que te sonríen y en los que, como llevada en alas de mariposa, sin sentido, sin peso, atraviesas los espacios más fríos, los más cortos, los más oscuros y los que no existen. Y sin ir a ningún sitio, sin importar de donde ni a donde, llegas sin saberlo al destino que, en realidad, no importa. Como no importa si llueve o el sol ha caído pronto tras un manto de nubes vaporosas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonríes tu también esos días. Y puedes estar solo o en medio de una multitud, y flotas entre ellos. La placidez, por una vez, no es un estado que alcances, sino tu misma esencia. Días escasos, días, al fin y al cabo, finitos, en los que la piel se convierte en un fino bosque de álamos y la brisa los hace sonoros por cada recoveco de tu mente. Días de tacto tan suave, de mirada tan clara, de voces susurrantes y acariciantes palabras. Días que solo a veces podemos tener y que llegan sin avisar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé consciente de ellos. Disfrútalos. Ámalos y añóralos. Porque tal vez pase mucho hasta que tus sentidos vuelvan a gozarlos. Cierra los ojos. Podrás sentir aún mejor todo lo que te rodea. Y a ti mismo, en serenidad, en paz, sumergido, flotando, volando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días de certezas en que las dudas más crueles se disipan por absurdas. Mira hacia dentro, siéntete sólo a ti mismo y al mundo a través de ti, como parte de ti. Cuando llegue el sueño, aún podrás encontrar en tu piel los restos de la lluvia, la que trajo la tormenta. O de la arena del desierto en que andabas perdido. &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-109007196612007710?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109007196612007710'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109007196612007710'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/07/no-has-tenido-nunca-un-da-brumoso.html' title='¿NO HAS TENIDO NUNCA UN DÍA BRUMOSO?'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-109007136443492729</id><published>2004-07-17T15:25:00.000+02:00</published><updated>2004-07-17T15:36:04.436+02:00</updated><title type='text'>¿EN QUÉ MOMENTO APARECE EN LA CIVILIZACIÓN EL CONCEPTO DE INMORTALIDAD?</title><content type='html'>Como un jarro de agua fría, como una bofetada que no se espera, como todas las injusticias de la vida, llegó, de labios del delegado de clase, la fatal noticia. Y, de repente, toda la realidad se me vino encima como la pesada carga que es.&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una chica, no, dos, a mi lado, no pudieron contener las lagrimas. Creo que una de ellas dijo que era su vecino. La clase entera se quedo en silencio, o al menos, eso me pareció a mi, porque ya no podía escuchar nada que no fuera el certero silencio que su voz sería en adelante. &lt;br /&gt;Las lágrimas acudieron a mis ojos, un frío extraño se apoderó de mi cuerpo, dejé de hablar y, sentada allí, en la misma banca en la que un día antes tomaba nota de sus explicaciones, justo allí, pude una vez más oírle decir, con una sonrisa divertida en sus labios: &lt;br /&gt;-Bueno, habrá que decir alguna cosa en griego, que para eso algunos lo han estudiado, y hay que ser considerados. &lt;br /&gt;Quizás sea una egoísta, pero en mi memoria ha quedado grabada esa frase como si la hubiera dicho sólo para mi. Puedo recordar una y otra vez como se giró, sonrió y dijo esas palabras. Puedo recordar como me reí, y pensé que debería pedirle a alguien que me enseñara algo de griego, que me estaba haciendo falta y, así, dejar de interrumpirle cada vez que decía algo en ese idioma. Aunque me gustaba pensar que le hacía gracia. Ahora ya no podré interrumpirle nunca más para que me repita algo, o para pedirle que por favor escriba en la pizarra esos sonidos extraños que yo no alcanzo a comprender.&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Me dio vergüenza llorar, pero algunas lágrimas consiguieron escapar y recorrer libremente mi cara. Cada una de ellas tenía un significado diferente, pero una misma causa para derramarse. Una, por la vida irrecuperable. Otra, por la impotencia, tan alienante, de no poder hacer nada para cambiar lo que ya era un hecho. Las tres o cuatro siguientes, por cada una de las clases que me perdí, y que ya nunca más podría recuperar. La mayoría, porque una parte de mi no podía alcanzar a comprender y aceptar el hecho de jamás volvería a reírme con una de sus clases. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Un compañero intento consolarme. O tal vez fuera más de uno. Pero yo no quería el consuelo de nadie. Estaba demasiado preocupada, porque no podía entender como era que alguien a quien apenas conocía, alguien de quien, unos días antes, aún no conocía su nombre, no podía entender, como era que me dejaba, con su desaparición, un vacío tan grande. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los comentarios entre los compañeros de clase llegaban a mi a retazos, inconexos, sin que supiera decir que había dicho cada cosa. Hasta que alguien dijo: &lt;br /&gt;-¿Os imagináis que le hubiera pasado dieciocho horas antes? Le hubiera pillado en clase. &lt;br /&gt;-¡Ojalá!. Ojalá, porque al menos hubiera podido hacer algo, aunque sólo hubiera sido llamar al ambulancia.&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;La impotencia dieron como resultado una furia tal que, esa tarde, en una tetería de la calderería, le brinde la muerte de un adversario y, como un torero, miré al palco en el que esperaba encontrarle, allá en el cielo de los historiadores y, llena de amargura,&amp;nbsp; sonreí con la mejor mueca que pude conseguir mientras asestaba el golpe final a mi imaginada víctima. Borracha de rabia, intente olvidar que no le conocía más que por las horas que esos últimos días de su vida dedicó a aumentar los conocimientos de quienes asistimos a sus clases. Que no sabía si estaba casado, si tenía hijos, ni su edad. Lo único que sabía de él era que, en cada palabra que pronunciaba en clase, ponía una parte de si mismo, que disfrutaba plenamente de su profesión, que amaba profundamente la historia, que me hacía reír y que se reía él cuando, como ya he dicho, le pedía, una y otra vez, que repitiera algún término en griego. O en latín. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora ya se que si, que estaba casado, que tenía dos hijos, que tenía treinta y ocho años, que sus padres le han sobrevivido y que, me guste o no, su muerte es un hecho, y que ni la pena de quienes compartían con él sus vidas, de quienes le conocían mejor que yo porque trabajaban con él, ni toda la rabia que yo pueda sentir (y conmigo mucha gente), podrán cambiarlo. Por las cinco esquelas que al día siguiente aparecieron en el periódico local, pude saber que el vacío que deja es mucho mayor de lo que jamás pude imaginar. Y un compañero de clase me contó que creía recordar que él mismo dijo, en la primera clase, la de presentación, que sabía que no le quedaba mucho de vida, pero que por corto que fuera ese tiempo, lo pasaría haciendo precisamente lo que le gustaba. Enseñar historia medieval.&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;A las pocas horas de que la noticia corriera por los pasillos de Filosofía y Letras, ya casi nadie hablaba de ello. Sonreían y hablaban tranquilamente. Sólo en la cara de algunos profesores, en el caminar cansino de sus compañeros de departamento, en la muda tristeza de quienes trabajaban con él en los mismos cursos (recuerdo especialmente la expresión, de incontenible tristeza, de Dña. Amalia Marín, y el pesaroso silencio en los ojos de D. Félix García Mora, con quien tuve clase justo antes de saberlo), se dejaba sentir su desaparición. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos días antes, arreglando el mundo con unos compañeros de clase, nos hicimos mutuamente la pregunta de, en caso de holocausto nuclear, que lamentaríamos más, la desaparición del hombre o la de los milenios de evolución cultural de la civilización. Contesté que la de los milenios de cultura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aunque se que en el fondo es una estupidez y que, muerto el hombre, la cultura importa un comino (por lo infértil), la muerte de mi profesor de Historia Medieval Universal no era para mi sólo la pérdida de la persona, sino de toda una vida de&amp;nbsp; pensamientos y conocimientos que desaparecía para siempre y que ya nunca podría escuchar directamente de sus labios, y que esos mismos labios no producirían nunca más una frase espontanea y mágica que hicieran removerse en mi interior las ganas, tal vez dormidas, de aprender mil cosas más sobre el devenir del hombre. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Pues bien, mirando a mi alrededor pude ver que la vida continuaba, que cada una de las personas con las que me cruzaba estaba ya enzarzada con su quehacer de cada día, y una parte de mi se estremeció, porque aunque pueda entenderlo, nunca aceptaré que la vida, aún cuando se ha acabado de verdad, pase así, tan deprisa y silenciosa, y que los que estamos vivos podamos hacer como que no pasa nada, ignorarlo y, haciendo de tripas corazón, seguir viviendo, en apariencia, como si nada hubiera ocurrido. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;Con la modestia que algo así requiere, esta carta es mi humilde homenaje a quien, en tan poco tiempo, tanto aportó a mi vida, y con su valiente e incomparable postura ante la vida, ya desde la tumba, me sigue animando a mantenerme donde creo que debo estar, porque hacer lo que nos gusta es lo que da sentido a la vida, y sino, la vida no merece la pena ser vivida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque no es verdadera vida. &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&amp;nbsp; &lt;br /&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En sincero homenaje a Don Tomás Quesada Quesada.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-109007136443492729?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109007136443492729'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/109007136443492729'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/07/en-qu-momento-aparece-en-la.html' title='¿EN QUÉ MOMENTO APARECE EN LA CIVILIZACIÓN EL CONCEPTO DE INMORTALIDAD?'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108971513797893921</id><published>2004-07-13T12:35:00.000+02:00</published><updated>2004-07-13T12:38:57.976+02:00</updated><title type='text'>INTENSAMENTE ENFERMA</title><content type='html'>Estoy enferma. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es una enfermedad muy grave, pero no por eso es menos una enfermedad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Normalmente, nadie nota nada. Ni siquiera yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Normalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, a veces, yo lo noto. Lo reconozco entre las propias sombras y luces de la enfermedad. Entonces, todo el mundo lo nota. Eso es lo que creo. ¿Es que yo lo note, o que lo noten los demás, lo que me hace enfermar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo sé. Yo sólo sé que estoy enferma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi mente no funciona bien. Las emociones se descontrolan, o lo hacen los pensamientos, y entonces todo empieza a ir de mal en peor. En realidad, no sé qué es lo que hace descontrolar a qué, si los pensamientos a las emociones, o las emociones a los pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo pasa demasiado deprisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es como si, yendo de viaje en un tren, de repente éste se parase en seco, y luego, sin mediar aceleración alguna, estuviésemos todos (yo, mis pensamientos, mis emociones, todos) viajando a tal velocidad que la piel de la cara, la carne de todo el cuerpo, no pudiese seguir a los huesos. Como en esas imágenes de pruebas a los pilotos de cohetes espaciales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy desagradable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La velocidad, o mejor dicho, la anormalidad de la velocidad, hace que me olvide de todo. De las cosas que digo, de las que suceden a mi alrededor, de las que me dicen. Y me olvido de lo más importante: de que estoy enferma. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque sé que estoy enferma. Y sé que hacer para evitar esos saltos y sacudidas de mi tren. O al menos, para paliarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero cuando el tren se para en seco, ya no recuerdo nada. Sólo sentir miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el miedo llega, sólo queda la esperanza de que el tren acabe volviendo a su velocidad habitual antes de que haga algo irremediable. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es verdad, también recuerdo que el tren, tarde o temprano, vuelve a su traqueteo habitual. Pero, mientras tanto, la carne de mis pensamientos y emociones se vuelve confusamente nítida. O nítidamente confusa, no estoy segura. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque, pese a todo lo malo, como suele ocurrir siempre en estos casos, sólo cuando me hallo sumida en la enfermedad, me siento verdaderamente yo, de manera convencida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Digamos que, solamente en la crisis de la enfermedad, soy intensamente yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me recuerda a cuando, de pequeña, como parte de mi examen oftalmológico, el oculista me ponía unas gotas que dilataban las pupilas de tal modo, que parecía que todo alrededor se hacía enorme y muy brillante, y que más que ver los objetos y a las personas, estas entraban en mis ojos sin que pudiese evitarlo. Aterrador cuando sólo tienes nueve años. Pero fascinante a la vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la crisis de la enfermedad, siento intensamente, pienso intensamente, percibo intensamente. Amo intensamente. Me desespero intensamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La intensidad es una droga. Y, como toda droga, quebranta el cuerpo. Y la mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre todo, la mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Afortunadamente, la crisis termina. ¿Afortunadamente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la tempestad de la velocidad pasa, sólo queda una sensación de vacío bastante incómoda. La calma trae consigo una cierta comprensión, triste e impotente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La calma trae consigo el recuerdo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo, agotada, que estoy enferma. Recuerdo, amargamente, los errores cometidos. Recuerdo, con hastío, que podría haberlos evitado. Si tan solo no hubiese olvidado que estoy enferma…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo, también, la intensidad. La recuerdo, a veces, con alivio. Otras, con nostalgia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo no sentir nostalgia de un amor tan intenso? ¿Cómo no sentir alivio al dejar atrás tristeza tan intensa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que, tarde o temprano, volveré a olvidar que estoy enferma. Y que, tarde o temprano, el tren volverá a parar en seco. Y, entonces, a lo mejor, vuelvo a amar intensamente, a sufrir intensamente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A escribir un cuento intenso.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108971513797893921?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108971513797893921'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108971513797893921'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/07/intensamente-enferma.html' title='INTENSAMENTE ENFERMA'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108923227610781783</id><published>2004-07-07T22:30:00.000+02:00</published><updated>2004-07-07T22:38:10.786+02:00</updated><title type='text'>ÉOWYN ZIRBÊTH</title><content type='html'>Cuando me decidí a entrar en la Sociedad Tolkien, di por supuesto que el pseudónimo Éowyn estaría más que cogido. No sabía por entonces que no hay (al menos ahora) problema en que dos personas tomen el mismo nombre si se trata de aquellos que han sido creados por el profesor. Otra cosa es si te creas tu propio pseudónimo echando mano de tus conocimientos (o la ayuda de alguien en esos conocimientos) y buscando un significado especial para ti. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así que, dado que pensaba que seguro que ya habría alguien con ese nombre, pedí ayuda a alguien para hacerme mi pseudónimo. Y tenía, además, otro motivo, y es que al principio quería ser una elfa. O, mejor dicho, no tenía muy claro a que raza quería pertenecer. Así que, en principio, con ayuda de otro socio, me llamé Lorinde, que significa soñadora. Pero, al poco, me enteré de que, en efecto, había habido una Éowyn, pero que ya no estaba en la Sociedad, así que me puse en contacto con Baya de Oro y le pedí ser la Éowyn de la Sociedad Tolkien Española. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo en esa misma fecha, otra chica pidió llamarse Éowyn y, tras ciertas conversaciones en la lista soctolkien, yo decidí llamarme Éowyn Lorinde y ella se buscó otro nombre, élfico creo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más adelante y ya sumergida de lleno en el smial de Númenor, tuve tiempo de reflexionar y llegué a la conclusión de que soy humana, y no elfa como pensaba en un principio. Y no sólo humana, sino numenoreana. Así que Nimirûkhôr me regaló mi segundo nombre, Zirbêth.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, ¿por qué Éowyn Zirbêth? Me parece que tenía 15 años a primera vez que me leí El Señor de los Anillos. Fue un muy mal momento para leerlo, pues había tenido una discusión muy gorda en casa, a consecuencia de la cual estuve castigada una buena temporada. Así que, rabiosa y muy alterada, me encerré en mi habitación y me pasé leyendo toda esa tarde y toda la noche siguiente, pero en un estado que, la verdad, lo mismo me hubiese dado leerme la guía de teléfonos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, es imposible permanecer imperturbable ante ciertos pasajes ni siquiera cuando estás en tal estado de nervios. Así que, pese a todo, en mi memoria quedaron retenidos ciertos pasajes y nombres: Gandalf y su caída con el Balrog, Ellalaraña y la lucha desesperada de Frodo y Sam, Bárbol y los ents, y Éowyn. La hermosa y valiente Éowyn, enamorada de Aragorn, rechazada y dejada atrás por el simple hecho de ser mujer. Éowyn luchando contra su destino y matando al Rey Brujo. Éowyn, que casi muere en el campo de batalla pero se recupera para encontrar la felicidad más allá de la pérdida y el amor más allá de la esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es el personaje menos desarrollado de todos salvo, quizás, Arwen. Y, sin embargo, es tan fuerte, indomable y hermosa. Supongo que ella es todo lo que siempre he querido ser y, a la vez, lo que preferiría no ser. Pues, como Éowyn, siempre pongo mis ojos en aquél que no puede amarme y sigo el camino más solitario, aunque en realidad no quiera estar sola. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso es. Éowyn es quien más sola está de todos los personajes. Pero siempre sigue su camino y jamás se rinde.&lt;br /&gt;Zirbêth es mi nombre numenoreano, un hermoso regalo que siempre atesoraré y que dice algo de mí que no dice Éowyn. Significa “la que ama la Historia”, “la que ama los cuentos” o “la que amas las historias de amor”. Cómo tantas otras cosas en mí, expresa un anhelo más que una realidad. Me gusta la Historia, me gustaría algún día dedicarme a estudiarla de modo profesional. Pero me gusta más contar cuentos, que me los cuenten, leerlos, escribirlos. Quien me regaló ese nombre sabía eso de mí. &lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108923227610781783?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108923227610781783'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108923227610781783'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/07/owyn-zirbth.html' title='ÉOWYN ZIRBÊTH'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108810674460552814</id><published>2004-06-24T21:51:00.000+02:00</published><updated>2004-06-24T21:52:24.606+02:00</updated><title type='text'>GOTAS DE LLUVIA</title><content type='html'>El tiempo se le hacía eterno sentado en aquel gélido e incómodo banco. La estación estaba casi desierta y la luz era demasiado escasa para leer, aún cuando había encontrado un periódico abandonado, bien doblado junto a la papelera, como si su propietario no estuviese seguro de su decisión de abandonarlo. Si la generosidad del suministro eléctrico hubiese sido comparable a la del lector, el tiempo hubiese tenido un transcurrir más dinámico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había levantado viento, y el tren seguía sin llegar. Se estremeció de frío, mientras acurrucándose en el banco abrazado a sus rodillas, trataba de extender el abrigo para que le cubriese el máximo posible de cuerpo. Pero el tejido no parecía querer dar más de si. No había ningún sitio en que resguardarse del viento, que se arremolinaba indeciso ahora desde el este, ahora desde el oeste, siempre frío y con olor a tormenta. Cómo para reafirmar el mal talante del día, un trueno lejano resonó sordo y largamente. Bajo el techado de la estación no pudo distinguir el brillo del relámpago que lo había precedido.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las hojas del periódico, aburridas, bailaron un momento sobre el banco. El destino las había arrojado a esa estación, así que, imposibilitado a leerlas, las uso para calentarse el cuerpo. Pese al frío, se ruborizó mientras iba metiéndose secciones del diario sobre el jersey. Nacional en el pecho, internacional en la espalda, cultura y sociedad en los brazos y, finalmente, deportes bajo los pantalones, en el trasero. Caminó un poco arriba y abajo por el andén para volver a entrar en calor. Cómo no había nadie, practicó algunos movimientos nuevos de esgrima que había aprendido esa misma tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tren seguía sin llegar, el viento arreciaba y las primeras gotas habían empezado a sortear sin problema el alto techado de la estación. Ya había intentado encontrar en una ocasión similar un lugar en donde resguardarse, por eso ni siquiera perdió un minuto esta vez en esa tarea. Ni un solo muro o esquina ofrecía cierta cobertura contra los elementos. Si hasta el banco donde se sentaba era de una lámina metálica perforada de agujeros, incómoda y desamparada, aunque, eso sí, muy “decorativa”. Con un castañeteo de dientes, se arrebujó aún más en el abrigo y una maldición muda dejó salir de sus labios una nube de vapor condensado. Apenas si habían pasado otro par de minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para distraerse, sacó la cartera del abrigo y comprobó que llevaba el billete. La foto gastada seguía en el mismo sitio en que había estado desde que allí la pusiese, tres años atrás. Cerró la cartera y la metió en el bolsillo, pero en seguida la volvió a sacar de nuevo. Los pies le dolían de frío, y también los dedos. ¿Por qué no dejar que el dolor también se hiciese de su corazón? A fin de cuentas, en realidad siempre estaba allí, agazapado, escondido, rumiando palabras incomprensibles que la sangre extendía como un mal rumor por todo su cuerpo. Al sacar la foto de la cartera, alguna gota  alcanzó justo su cara, agrandando como una lupa sus facciones y su mirada perdida. Ella se había ido hacía tres años bajo una espesa lluvia y ninguna gota solitaria la haría volver. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viento extendió la gota en una fina línea húmeda que atravesaba la foto hasta el filo más alejado de ella, allí donde la poca habilidad del improvisado fotógrafo había cortado su propia cabeza. Mejor así. Ver la felicidad perdida en su propio rostro hubiese sido demasiado duro. Ella seguía sonriéndole, como si nada hubiese pasado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tragó saliva y dejó caer los brazos. Un relámpago inundó de luz la inmensidad fría de la estación, pero el no lo vio porque había cerrado los ojos. Y tampoco oyó el trueno que lo acompañó casi inmediatamente, porque estaba escuchando los recuerdos de su risa. Risa, lluvia y viento. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, con los ojos cerrados, abandonó la estación y se encontró de nuevo en aquel camino junto a una vieja carretera, caminando bajo una tormenta de verano, el viento y las gotas metiéndoseles en los ojos al parpadear y en la boca al hablar. Ignorantes de los charcos en que se hundían, del barro que escalaba las perneras de los pantalones. Ajenos al ruido incesante de los coches que pasaban a su lado, tan absortos el uno en el otro que el resto del mundo parecía no existir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Te digo que sí. Lo recuerdo perfectamente. Ayer mismo lo estuve leyendo.&lt;br /&gt;-Y yo te digo que no, que es “el descoronado será de nuevo rey”.&lt;br /&gt;-Y yo que es “el descoronado será rey de nuevo”. ¿No ves que así rima mejor?&lt;br /&gt;-¡Pero si es una traducción, no rima si no en el original!&lt;br /&gt;-Sí que rima. Si lo dices como yo te digo que es, rima.&lt;br /&gt;-Pero es que no es como tú dices que es.&lt;br /&gt;-Sí es.&lt;br /&gt;-No es.&lt;br /&gt;-Sí es.&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¡No!&lt;br /&gt;-¡Sí, sí, sí, sí, sí!&lt;br /&gt;-¡No, no, no no, noooooo! Tu memoria es un desastre.&lt;br /&gt;-Y tú te crees que nunca te equivocas. ¡Y, sí!&lt;br /&gt;-N…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue entonces cuando el vehículo que pasó al lado levantó una enorme ola de agua y barro que les embadurnó por completo, especialmente a él por ir por el lado externo. La risa de ella apagó el ruido de los motores de la carretera, y todavía se estaba limpiando la cara cuando sintió su beso a través de las gotas de lluvia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El altavoz bramó distorsionado la próxima llegada del tren. El golpeteo de la lluvia en el techado se fundió con la memoria de aquella risa. Abrió los ojos justo para ver como un golpe de viento se llevaba de su mano relajada la preciosa foto con su recuerdo, volando directamente al suelo de la vía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se lo pensó dos veces. Aunque ya se notaba en el aire la vibración del inminente tren, se lanzó de un salto desde el andén y recupero la foto, mojada por la lluvia pero entera y, tras limpiarla un momento contra el abrigo, subió al andén impulsándose con los brazos justo a tiempo para evitar el tren, rodando sobre su cuerpo hasta quedar tumbado de espaldas en el suelo. Pocos segundos más tarde, recuperaba el aliento sentado en el solitario vagón, con la foto firmemente sujeta en la mano izquierda, los ojos cerrados y las gotas de lluvia descendiendo aún por su cara. Sintió un leve roce en los labios, como si una nueva gota cayera del velado cielo. Se pasó la lengua en un acto inconsciente y notó el agua extrañamente salada. El roce volvió y abrió los ojos. Ella estaba allí y sonreía, besándole. &lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108810674460552814?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108810674460552814'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108810674460552814'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/06/gotas-de-lluvia.html' title='GOTAS DE LLUVIA'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108681863078502609</id><published>2004-06-09T23:59:00.000+02:00</published><updated>2004-06-10T00:03:50.786+02:00</updated><title type='text'>UN ATAQUE DE ESTRÉS</title><content type='html'>La mayor parte de la gente detesta los lunes. Ya se sabe, regreso al trabajo, madrugón otra vez, con lo a gustito que se está en la cama hasta, pongamos las diez siendo buenos, después de comer si la noche tercia una buena juerga. A veces, llega uno el lunes a la oficina sin recordar apenas de que iba ese molesto trabajo que da de comer pero, muchas veces, no gratifica. Hace falta una sobredosis de café, media hora perdida de pestañeos y una furtiva visita al correo electrónico para que, por fin, el engranaje mental decida empezar su normal funcionamiento. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los lunes, tan dormidos, tan cansados, con la lengua muerta y la boca pastosa, coger el teléfono puede ser peligroso para la conservación en el puesto de trabajo. Apenas sorbido con estrépito el tercer buche de la mañana cafetera, suena y, sin acertar a decir sin tartamudear la consabida consigna de la empresa (“Pichurri y Asociados, digamé”), descubres horrorizado, a la tercera palabra de la segunda frase, que tu interlocutor te está aporreando el oído con una rápida oleada en inglés. Con suerte, cazas cuatro palabras y un tonillo interrogador, pero entenderlo, lo que se dice entenderlo, nada, ni salvadora idea. Rebuscas en el fondo entumecido y brumoso de la memoria, mientras balbuceas aquello de “Can you repeat, pelase?”, pero nada. Está más desordenado que el pesado bolso que te acompaña desde hace semanas sin que te dignes a limpiarlo. Finalmente, algo en español cristiano: el nombre de tu jefe jefazo. Pero no está, y como el tipo del otro lado del teléfono ya te ha soltado dos veces su santo y seña, te pide alegremente que “urgent” le digas que le llame, tras lo cual, mientras un escalofrío recorre toda tu espalda y notas claramente aparecer dos surcos de sudor inefables a cada lado de la blusa, cuelga con un sonoro golpe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tierra trágame. La duda me consume. Admito mi deficiencia lingüística y, cabeza baja y ojillos de cordero degollado, le digo aquello de “Te llamaron, no se quién era, no entendí nada”, lo cual sería tanto como admitir que mentí como una bellaca al incluir en mi curriculum “inglés medio”, o me callo como un somormujo, que a fin de cuentas somos muchas en la oficina y, con un poco de suerte, pagará alguna justa por mi pecado. Callar antes que errar. Será lo mejor. Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasa una hora de insufribles bostezos, batallitas de fin de semana y una abundante cantidad de visitas al baño (un médico me aconsejó beber mucho agua, por aquello de eliminar, pero otro me dijo que no forzara la vejiga, que tengo tendencia a los cólicos nefríticos; cuesta contentar a todo el mundo). Por fin, haciendo uso y disfrute de una de las ventajas de la jefatura, el jefe aparece a las tantas, despejadito y relajado, pide un té, un vaso de agua y un cenicero, enciende un cigarro y, candoroso, hace la temida, aunque algo olvidada, pregunta. Le notas la ilusión en la mirada, sintomática de los negocios fructíferos, que tan bien le conoces. Y lo notas porque, inocentemente, el ha decidido que tus ojos son los mejores para depositar tan arduo, para ti, interrogante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo siguiente que una puede recordar, una vez que el estrés ha agotado todas las reservas de adrenalina y tu sistema nervioso se ha convertido a un líquido bilioso que te sale por distintos e inadecuados orificios del cuerpo, es el porque hace cola detrás de tanta gente con un aspecto tan desolado en una oficina del I.N.E.M. Estás despedida.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108681863078502609?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108681863078502609'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108681863078502609'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/06/un-ataque-de-estrs.html' title='UN ATAQUE DE ESTRÉS'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108681787264903661</id><published>2004-06-09T23:50:00.000+02:00</published><updated>2004-06-09T23:51:12.650+02:00</updated><title type='text'>EL SUEÑO TAN ESPERADO</title><content type='html'>La carta había llegado esa misma mañana, y era seguro que llevaba retraso, porque la fecha del sello de correos era de hacía una semana. La salvó el maldito insomnio, útil por una vez en la vida, porque el resto de las veces no resultaba más que un inconveniente tras otro. Desde hacía casi cinco meses, el gasto en maquillaje se le había disparado, de lo difícil que le resultaba, cada día más, disimular las ojeras y las bolsas de los ojos. Ese día estrenaba un nuevo producto. Esperaba que fuera realmente eficaz, ya que apenas había dormido un par de horas y en otras dos tendría que estar frente al seleccionador de personal. Al salir de casa se aseguró de llevar el curriculum, recién actualizado, en el bonito maletín de piel que con tantos esfuerzos le había regalado su hermana. Una última mirada en el espejo, una inspección del traje gris que estrenaba para la ocasión y el libro que había empezado dos noches atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como había salido con tiempo de casa, en la estación pudo repasar la ruta planificada para llegar, lo más directamente posible, a la dirección en que tendría lugar la entrevista. Estaba nerviosa. No, estaba frenética. Era la primera entrevista en más de dos meses; había llegado cuando ya no la esperaba, y si bien no era el trabajo con que ella soñaba, al menos estaba dentro de su campo. Y ya se veía allí. Trataba de imaginar el aspecto de la sala de espera, si es que la hacían esperar, aunque secretamente esperaba que no. Odiaba esperar. Y ¿cómo sería el entrevistador, o la entrevistadora? ¿Sería afable o de de esos que tanto odiaba, que te tratan con desprecio y ni siquiera te miran al hablar? Daba igual, ella estaría sonriendo, le miraría a los ojos, o al menos lo intentaría, y le daría un firme apretón de manos. O tal vez fuese más audaz y le diera dos besos. Si era mujer no se extrañaría, y si era hombre, bueno, aún no había conocido a ninguno que le importunaran dos besos, castos, en la mejillas, suyos. Se quitaría el abrigo con naturalidad, lo colgaría en el perchero, o en el respaldo de la silla en caso de que no hubiera. Bueno, eso si había dos sillas, porque si sólo había una, la dispuesta para que ella se sentara, entonces se lo pondría sobre las rodillas, porque de lo contrario la postura no sería cómoda y le pondría más nerviosa aún y perdería naturalidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente se dio cuenta de que estaba frotando los dientes ruidosamente. Si seguía dándole vueltas a la entrevista, acabaría neurótica y la estropearía. Recordó, feliz, el libro de bolsillo, y aunque ya había dejado atrás tres de las siete estaciones de cercanías que había antes de llegar a su destino, todavía podía leer unos veinte minutos. Si lograba concentrarse en la lectura, se relajaría y todo iría mucho mejor. Sacó el libro y buscó la página por la que iba. No solía utilizar marca páginas, porque siempre los perdía, y tampoco utilizaba el que consideraba mal hábito de doblar una esquina de la página por la que se dejaba de leer. Por lo general, memorizaba el número de la página, aunque a veces se olvidaba y sólo conseguía aproximarse a la cifra, por lo que debía leer por encima unos cuantos párrafos hasta dar con el adecuado. Muchas veces, cerraba el libro ya medio dormida, después de unos minutos de lucha por mantener la consciencia, de tal modo que cuando por fin encontraba un hueco y podía zambullirse en la lectura, tenía que retroceder y revisar algún que otro párrafo. Por fin, tras algunos momentos de búsqueda, encontró las palabras precisas que, abriéndose paso en la nebulosa de la memoria, le situaron en la trama. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los primeros minutos fueron difíciles, pues la maldita entrevista entraba en escena constantemente y le hacía perder el hilo. Pero finalmente se sumergió en la lectura, como si de un estanque de silenciosas aguas templadas se tratara. Su rostro iba reflejando, para quien le estuviese mirando, las expresiones de los estados de ánimo de los personajes que poblaban el libro. Poco a poco, su ritmo fue tomando un ritmo más sosegado, dejó progresivamente de frotar los dientes y, como si se tratara de un tobgán, estiró las piernas y dejó resbalar su cuerpo hasta quedar sentada en el filo del asiento, apoyando primero el hombro y, más tarde, la cabeza en la pared del vagón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertó al notar el contacto de una mano en su hombro. Algo sobresaltada, vio un guardia de seguridad que le estaba mirando con gesto de alivio. Cuando salió del tren, todavía un poco desorientada, el guardia de seguridad seguía hablando. Estaba en otra ciudad y su billete no cubría el recorrido. Llevaba en una mano el maletín y en a otra el libro. El hombre lo había recogido del suelo, por lo que estaba algo sucio. Y allí, mientras bostezaba en aquel paisaje desconocido, demasiado tarde incluso para una disculpa telefónica, mirando el continuo deambular de los viajeros en el andén, lo único que podía pensar era que no recordaba el número de la última página leída.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108681787264903661?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108681787264903661'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108681787264903661'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/06/el-sueo-tan-esperado.html' title='EL SUEÑO TAN ESPERADO'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108681687110243441</id><published>2004-06-09T23:32:00.000+02:00</published><updated>2004-06-09T23:34:31.103+02:00</updated><title type='text'>LA MUÑECA DE TRAPO VIOLETA</title><content type='html'>Quiero contarte ahora algo que ocurrió hace mucho tiempo. Siéntate aquí, junto a mí, y dedícame unos pocos minutos. ¿Quieres un té? ¿No? Bueno, como prefieras. Pero es un té muy rico que hacen especialmente para Navidad. Lo compré pensando en este momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una casa a tan solo unas pocas calles de aquí, vivió hace mucho tiempo una niña que nunca creció. Era una niña bajita y regordeta, con el pelo encrespado en media melena, gafas demasiado grandes para su cara y que siempre que estaba nerviosa, tamborileaba con los dedos en los muebles de la casa. Le gustaba mucho leer, dibujar y pasaba horas y horas soñando despierta. A veces, en el colegio, su maestra tenía que agacharse y hablarle justo a la altura de sus ojos, porque no escuchaba lo que le decían, perdida como estaba en sus ensoñaciones. En esos momentos, se ponía colorada y pedía disculpas muy bajito, susurrando, avergonzada por su distracción. Ella no sabía que su profesora no se enfadaba nunca, aunque simulara estarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, nadie se solía enfadar de verdad con ella. Nunca. Pero creo que ella no se daba cuenta. A veces, su madre, para llamar su atención, subía el volumen de la música del salón de golpe, un instante. Y su hermano disfrutaba mucho haciéndole salir de su fantasía explotando bolsas llenas de aire. “Eres un chinche”, chillaba ella entonces, y le perseguía alrededor de la mesa, mientras fingía un enfado que a duras penas ocultaba su sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una niña solitaria, tranquila y silenciosa. Sin embargo, tenía muchos amigos con los que gustaba de ir a jugar a una plazoleta cercana a su colegio. La plazoleta era uno de sus sitios preferidos. Tenía muchos árboles, y estaba dividida en dos partes, una arriba con bancos y una fuente enorme, y otra abajo, donde unas enredaderas colgaban desde el balcón superior, y por un canal en la pared el agua de la fuente descendía hasta un pequeño embalse. Las plantas de la plazoleta, que estaba justo frente al colegio, eran frondosas, y los árboles altos y viejos. Era un lugar fantástico para dejar volar la imaginación. Junto con sus amigos, allí habían asaltado fortalezas, cazado “mantibélulas”, hablado con lobos y volado sobre luciérnagas. Y allí había leído sus libros preferidos, en días soleados y noches templadas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allí había encontrado la muñeca violeta. Una muñeca de trapo no muy grande, de largo pelo de lana morado, con una camiseta violeta y pantalones de peto también morado. La encontró sentada en el banco donde solía leer, y se quedó mirándola durante mucho tiempo, sin atreverse a cogerla. Al fin y al cabo, podía ser de alguna niña que estuviese jugando entonces por allí, y se podría enfadar si la viera en sus manos. Así que se sentó, tímidamente, al otro lado del banco. Abrió el libro que esa mañana había sacado de la biblioteca y comenzó a leer: “En un agujero en el suelo...”. Cada vez que alguien se acercaba al banco, ella miraba de reojo, a ver si se llevaba la muñeca. Pero los minutos pasaban y nadie trataba de cogerla. Continuó su lectura, sentada sobre un pie y apoyada en el banco, no todo lo concentrada que por lo general hubiese estado en las palabras del cuento, y levantando de vez en cuando una mirada de reojo hacia la muñeca, que seguía instalada en el otro extremo del banco, como desde el momento en que la vio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tarde calló, y la plazoleta se fue quedando vacía, hasta que al final solo ella y la muñeca violeta permanecían en la oscuridad. La niña, finalmente, se levantó y se puso frente a la muñeca. “Te has quedado sola. ¿O te has perdido? Porque eres demasiado bonita para que alguien te abandone...”. La contempló unos segundos más, esperando una respuesta silenciosa, y entonces, rápidamente, la agarró, la abrazó y salió corriendo, sin parar hasta llegar a su casa, a su dormitorio, donde tras cerrar la puerta para que nadie la viera la despegó de su cuerpo y la contemplo. Parecía sonreírle, con sus ojos violetas y sus labios finos y negros. La miró de arriba abajo, buscando manchas o algún posible roto, o quizá alguna señal de la identidad de su propietario. Pero no halló nada. Y así, con una sonrisa, volvió a abrazarla, dándole la bienvenida a su casa y a su corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde esa primera noche, durmió con la muñeca. Aquella niña solitaria había encontrado una compañera tan silenciosa como ella, con el misterio de su identidad alimentando la fantasía de su nueva dueña y acompañándola en sus viajes por el mundo de los sueños. Al principio, no se atrevía a llevarla con ella fuera de casa, pues temía que en cualquier momento, su anterior propietaria apareciese y la reclamase, y entonces hubiese tenido que devolverla, aunque eso le rompiera el corazón. Pero pasadas unas semanas, la llevaba incluso al colegio, donde permanecía dentro del bolsillo de la cartera, oculta pero acompañándola siempre. Y la niña, que antes nunca le importó estar sola, descubrió que siempre quería estar con la muñeca de trapo violeta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese curso y todo el verano siguiente, la niña y la muñeca fueron juntas a todas partes, durmieron siempre juntas y viajaron con la imaginación por cientos de remotos lugares. Cuando leía, lo hacía en voz alta para que la muñeca violeta disfrutase con ella. Si dibujaba, la sentaba a la mesa y le proporcionaba papel y lápices para que, si quería, también dibujase. Y así con todas las cosas que iba haciendo. Y en vacaciones, se la llevó a la casa de sus abuelos en el campo, y con ella exploró los alrededores y se hizo una cabaña junto a unos pimenteros, ocultas de este modo a las miradas indiscretas y jugando siempre juntas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otoño llegó y con él la vuelta al colegio. Ese año, la mayoría de sus compañeros habían crecido bastante, y algunos habían dado un auténtico estirón. Pero ella no había aumentado ni un centímetro. Sin embargo, no le importó: ya crecería cuando le correspondiese. También, en el nuevo curso, la maestra les mandaba muchos más deberes, y al llegar a casa se sentaba en la mesa del salón con la merienda a hacer la tarea para el día siguiente. Una de esas tardes, su hermano se acercó silenciosamente y cogió la muñeca. “Pues la verdad es que es bastante fea, no sé que le has visto” y empezó a pasársela de una mano a otra, lanzándola al techo y haciéndola girar en el aire. La niña se levantó, sin entender muy bien a que venía ese arrebato de hacerle rabiar de su hermano, y comenzó a perseguirle alrededor de la mesa. Cuando por fin le atrapó, su hermano mantuvo a la muñeca por encima de su cabeza, cambiándola de mano, mientras ella se debatía tratando de alcanzarla. Ya le faltaba el aliento cuando se detuvo y le dijo, muy seria “Devuélvemela”. Pero él negó con la cabeza, agitando la muñeca en el aire y riendo entusiasmado con su travesura. Entonces la niña se encogió de hombros, le agarró los pantalones del chándal por la cintura, y tiró hacia abajo con todas sus fuerzas. La sorpresa de verse de repente sin pantalones y sin calzoncillos (pues con la fuerza del tirón estos también habían descendido), le hizo soltar la muñeca para taparse, momento que la niña aprovechó para recuperar la muñeca y salir corriendo a su cuarto. Su hermano, por primera vez que pudiera recordar de verdad enfadado con ella, la alcanzó cuando ya echaba el pestillo de la habitación, y golpeando la puerta, le gritó: “Te pasas el día jugando con esa estúpida muñeca, como una niña pequeña; sólo las niñas pequeñas juegan con muñecas; eres una niña pequeña, y siempre lo serás; ¡por eso no creces! ¡Y nunca crecerás!”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para no escucharle, se tapó los oídos. Y así, con las manos en las orejas, fue como se vio reflejada, con la respiración agitada por la carrera. Lentamente retiró las manos de los lados de su cabeza y se miró en el espejo del armario, que estaba justo frente a ella. Era verdad que no había crecido. Ahora era la más baja de su clase, y mientras que algunas de sus compañeras ya habían empezado a parecer chicas, en vez de niñas, ella seguía pareciendo eso mismo, una niña. Una niña pequeña. Recogió del suelo la muñeca, que se le había caído cuando se había tapado los oídos y se la quedó mirando. “¿Por qué no he crecido nada este año?”, le preguntó. La muñeca permaneció en silencio. “¿Acaso no voy a crecer más?”. Para cuando recuperó el aliento, sin embargo, ya se le habían olvidado todas estas preguntas, y se sentó en la cama para peinarle las hebras de lana morada a la muñeca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas Navidades los Reyes Magos le trajeron un montón de regalos, entre ellos varios libros, una caja de acuarelas y papel para pintar, y un caballete a su medida. También le trajeron unos patines, que se llevaba en una mochila al colegio, aparte de la muñeca, y con los que patinaba por la pista de balonmano, que tenía un suelo muy liso. Pero una mañana se cayó y tuvieron que llamar a su madre para que la llevara al médico, pues se había torcido un tobillo y le dolía mucho. Después, en el médico, el tobillo torcido resultó ser un tobillo roto, y tuvo que permanecer varios días en el hospital, sin poder moverse. Y lo que era aún peor, sin su muñeca de trapo violeta. Cuando su madre la llevó al hospital, olvidó la cartera en el colegio, y la portera la guardó, con lo cual no pudo recuperar su muñeca hasta que su madre tuvo tiempo de pasar a recoger sus cosas, y eso fue dos semanas más tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto, en su casa, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, así que pronto se le acabaron los libros que le habían regalado los Reyes Magos, y no le quedó más remedio que buscar entre los libros de su madre algo con que entretener las largas mañanas sola en casa. Así, se leyó un libro que hablaba de gentes del pasado que vivían en un país al este de África llamado Egipto. Y cuando este se le acabó, leyó otro que trataba sobre plantas medicinales, y otro que trataba de un niño que se quedaba huérfano y lo pasaba muy mal en un horfanato. Leyó también revistas que hablaban de libros, y unas rimas y leyendas de un escritor español que no conocía antes. Y así, entre lectura y lectura, una mañana su madre la llevó al hospital a que le quitaran la escayola. El médico le hizo más radiografías, para ver si el hueso había soldado bien. Y mientras le vendaban la pierna otra vez, escuchó a su madre hablando con el doctor. “¿No ha notado usted que su hija no ha crecido últimamente? En la radiografía se puede ver que los huesos se han solidificado como si ya hubiese terminado su etapa de crecimiento. Desde luego, puede ser un error, y tal vez habría que hacer más radiografías de otras zonas del cuerpo, pero resulta extraño que...”. La puerta de la habitación en que su madre y el médico hablaban se cerró. No pudo escuchar más. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el coche, camino de casa, su madre le dio la mochila con la muñeca. Parecía preocupada, y casi no hablaba, aunque cuando lo hacía le sonreía mucho. La niña se acordó entonces de aquella tarde en que su hermano le había dicho que siempre sería una niña. Se acordó de cómo ella misma se había dado cuenta de que no había crecido en mucho tiempo. Y ahora, el médico decía lo mismo que su hermano. Al llegar a casa, entró en su habitación ayudada por las muletas, se sentó en la cama y se quedó mirando a la muñeca. Seguía sonriéndole desde sus finos labios negros y con sus ojos violetas fijos en los de la niña. “¿Eres tu la que no me deja crecer?, le preguntó. Pero la muñeca no contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa tarde, le pidió a su madre que la acompañara a dar un paseo. Con la excusa de que tenía que aprender a andar con las muletas, fueron hasta la plazoleta lentamente, ella, su madre y la muñeca de trapo violeta. Las muletas le cansaban mucho, pero a la vez eran divertidas. Todos los niños que la conocían se acercaban a preguntarle, y le pedían que se las dejara probar. Así, entre amigos y con su madre, transcurrió la tarde. Y cuando empezó a oscurecer, su madre la dejó sentada en un banco, el mismo banco de hacía tanto tiempo, mientras ella iba a por el coche para llevarla a casa, pues ambas estaban muy cansadas. El mismo banco de hacía tanto tiempo... Levantó la vista y vio que ya no quedaba nadie en la plazoleta. El sonido de agua cayendo por el canalón y los pájaros reuniéndose para dormir era cuanto podía escuchar. Con movimientos lentos, abrió la mochila en la que tenía, como siempre, a la muñeca. La acarició lentamente, mientras repasaba con la mirada cada parte de ella, de los pies con zapatos negros a la cabeza de lana morada. Y entonces, con lágrimas incipientes en los ojos, la colocó en el otro extremo del banco, sentada, como la encontró aquel día ya lejano. “Quiero crecer”, le dijo, tras unos instantes de silencio. “No quiero seguir siendo siempre una niña”. Entonces, la voz se le rompió, las lágrimas resbalaron por sus mejillas y, entre sollozos, se levantó sobre un pie, cogió sus muletas y se dirigió hacia la carretera, por donde su madre ya se aproximaba con el coche. No miró atrás, ni una sola vez, aunque una parte de ella quería volver y abrazar a la muñeca. Cuando su madre llegó, le ayudó a montarse en el coche, guardó las muletas en el asiento de atrás y partieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Días más tarde, con el tobillo ya completamente recuperado, fue a jugar a la plazoleta. Miró con cierto temor el banco, como si la muñeca fuese a estar allí, reprochándole su abandono. Pero no estaba. Quizás ahora otra niña la tendría. O quizás estaría en la basura. Ella, ya jamás lo sabría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años más tarde, seguía sin saber si realmente la muñeca había tenido algo que ver con que ella no hubiese crecido. Seguía midiendo lo mismo que entones, aunque fuese una mujer en todos los demás aspectos. Pero de lejos, sentada en el banco de aquella plazoleta, lo que cualquiera que hubiese mirado habría podido ver, hubiese sido una niña con gafas demasiado grandes para su cara, pelo revuelto y una mirada triste en los ojos ocultando una duda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Te ha gustado el té? &lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108681687110243441?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108681687110243441'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108681687110243441'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/06/la-mueca-de-trapo-violeta.html' title='LA MUÑECA DE TRAPO VIOLETA'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7258445.post-108680602137640885</id><published>2004-06-09T20:31:00.000+02:00</published><updated>2004-06-09T20:38:36.126+02:00</updated><title type='text'>UN PASEO POR LA PLAYA</title><content type='html'>Llevaba varios días sin poder salir a caminar por la playa, tantos como había durado el temporal. Pero esa mañana, aunque había estado lloviendo desde antes del amanecer, a eso de las once por fin había escampado y las nubes, de un profundo azul grisáceo, comenzaron a dejar que cierta triste claridad penetrara por entre sus espesas capas. El mar se había ido calmando y para el amanecer ya las olas eran suaves, de levante, pero de mecer sosegado. Rompían todavía con resquicio de la furia del temporal, pero la espuma era blanca, y no gris por la arena levantada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué tranquila estaba la playa! La tempestad de los últimos días había dejado la arena limpia pero, a la vez, llena de restos de algas, de erizos, de conchas y de otras cosas que el mar, furioso, debía haber arrebatado a la tierra y, quizá, a algún barco. La arena se veía más oscura que de costumbre. No era la típica arenilla fina de las playas que aparecen en la publicidad de las agencias de viaje, blanca y brillante y homogénea. Era gris, a trozos más clara y a trozos menos, con piedras grandes y erosionadas que de niño usaba para delimitar, como en un dibujo de un plano, la borda de un barco pirata, o los asientos y el volante de un enorme camión. Siempre le había gustado aquella arena, y mucho más desde que, un verano, fue a pasar unos días a casa de unos primos que vivían en Tarifa. Varias semanas después de volver, aún podía encontrar aquella arenilla en los lugares más insospechados: en las sábanas de su cama, en sus orejas e incluso en zapatos que no se había llevado al viaje. Se metía por todas partes, incluso en la comida. Que desagradable le había resultado aquello de ir a masticar y notar el crujido primero y el regusto amargo después donde sólo esperaba encontrar tortilla de patatas. Así que al volver, se tiró de cabeza al mar, sin importarle las olas, y disfrutó revolcándose en el rompeolas, con la tranquilidad y la satisfacción que le producía el saber que para sacarse la arena del forro del bañador, sólo tendría que sacudirlo un momento sin salirse del agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El gris lo cubría todo esa mañana. Iba caminando lentamente, lanzando al mar los erizos que iba encontrando a su paso. De vez en cuando encontraba alguna cristalina especialmente bonita o grande y se la metía en un bolsillo. Junto a los escalones de la puerta principal de la casa había una enorme botella de vidrio verde, que debió de estar llena de buen vino no mucho tiempo atrás, y que ahora iban llenando, entre todos, de caracolas y esos pequeños trozos de cristal pulido por el mar que asemejaban ser las joyas de un tesoro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parado en la orilla, el mar le cubría a cada poco los pies y a cada nuevo abrazo de las olas se le iban hundiendo más y más en la arena hasta desaparecer bajo esta. Una sonrisa acudió a sus labios al recordar como, de pequeño, cuando su madre le instaba a salir del agua, aprovechaba que ella no sabía nadar y le gritaba desde la orilla que no podía salir porque el mar le había comido los pies. Gritaba y gesticulaba señalándose los tobillos y, muy serio, le decía a su madre que lo mejor para todos era que se quedara a vivir en el mar, porque era mejor nadar que vivir humillado teniendo que arrastrarse para poder ir de un sitio a otro. Al final, claro estaba, siempre salía del agua y su madre le propinaba una colleja mientras roja, no sabía bien si por el enfado o por la preocupación, le enumeraba cual letanía los peligros del mar y los riesgos que entrañaba para su salud estar tanto rato metido en agua fría. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una ola le salpicó un poco la ropa y retrocedió unos pasos. Empezaba a dolerle la espalda de estar tanto tiempo de pie, pero era testarudo y se resistía a sentarse. Mirando hacia el extremo de levante de la playa, de donde venían las olas, buscó con la mirada otro erizo. Le había dado un poco de frío y pensó que si tiraba unos cuantos todo lo lejos que pudiera, el ejercicio le haría entrar en calor. Unos metros más adelante encontró un par juntos y los tiró, uno por uno. Ya no alcanzaba tan lejos, pero todavía tenía un buen brazo y una técnica veterana. Probó con una piedra a hacerla rebotar, pero el mar estaba demasiado picado para que saliera bien. Así que siguió recogiendo cristalinas y conchas y lanzando, de vez en cuando, algún erizo más. Y en una de las ocasiones en que se encontraba a medio a agachar, de repente algo se lanzó sobre él y le tiró al suelo. Pese al sobresalto, muy pronto reconoció a Onofre, que seguía medio encima de él, sin dejar que se levantara y mojándole entero. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debía de hacer más de doce años que lo conocía. Siempre había sido muy alegre y travieso, y la edad no le había cambiado. Quizás no tuviera ya tan buenos reflejos, pero seguía siendo bastante ágil y como, además, él también era doce años más viejo, la verdad es que entre ellos nada había cambiado. Onofre era silencioso, cosa que siempre le había resultado muy útil para escapar de su casa sin que le pillaran, pero en el fondo era muy obediente y siempre regresaba. Eso sí, cuando iban a buscarlo. Así que, cuando por fin le dejó libre y le vio salir corriendo, supuso que ya había aparecido alguien en la playa para llamarle. A buen paso le vio acercarse a una chica, Carmen probablemente, pero justo cuando estaba casi a su altura, de un requiebro enfiló directo al agua y se metió de un salto en el mar. Carmen empezó a gritarle y a tirarle piedras cerca, para hacerle salir del agua, pero Onofre, testarudo, siguió aún unos minutos en el agua. Cuando por fin salió, fue caminando lentamente hasta ella y con la cabeza baja, afrontó la reprimenda. Carmen estaba a punto de ponerle la correa cuando, comenzando por la cola y terminando por las orejas, inició una sacudida que la empapó entera, dejándola con los ojos cerrados y la boca abierta. Onofre, ladrando y saltando feliz, se fue a casa por propia voluntad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él se quedó todavía mirando un rato en la dirección en que Onofre y Carmen habían desaparecido. A lo lejos, en alta mar, un trueno retumbó. La playa estaba de nuevo totalmente vacía. La tormenta había hecho desistir a los turistas de aprovechar el fin de semana para escaparse al litoral. El mal tiempo, en el fondo, le gustaba mucho, porque dejaba la playa limpia del polvo de las obras de las incontables urbanizaciones que, cada año, se comían más valle y, por increíble que pareciera, más montaña. Al principio, cuando él llegó, para acceder desde el solar de sus padres hasta el pueblo no quedaba más remedio que dar un rodeo cogiendo la carretera que pasaba por detrás del monte. No había otro modo de ir que en coche, aunque si apetecía uno siempre podía hacer la “ruta alternativa”, más propia de una excursión que de otra cosa. Era un trayecto largo que consistía en trepar por las rocas más cercanas al mar, que de estar picado te salpicaba y lo volvía todo un poco arriesgado, hasta llegar a un punto en que el monte hacía una especie de curva hacia adentro, como cuando su madre metía la cuchara en el bloque de mantequilla y la sacaba llena para cocinar un bizcocho, y que no se podía trepar de lo liso que era, momento en el que para seguir avanzando no quedaba más remedio que tirarse al agua y nadar hasta un saliente que había a unos doscientos metros en línea recta. Aunque desde unos dos kilómetros hasta la costa ésta no era muy profunda, por la zona del litoral que estaba justo frente al monte, el fondo marino se elevaba como formando una pequeña montaña, para caer después en descenso hacía el corte vertical, llegando a ser muy profundo justo en la curva del monte. Era un lugar muy visitado por los buceadores. Después, el camino por las rocas se hacía impracticable cerca del agua y había que trepar por el monte hasta alcanzar la cima. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ella estaba la casa del médico, aunque más que una casa era un torreón, muy parecido a aquellas torretas que antiguamente servían para vigilar y dar la alerta de los ataques piratas y para enviar mensajes de un pueblo costero a otro. A principios de siglo todavía había allí una de esas torres, pero cuando el pueblo empezó a crecer, un señor de Murcia, que era militar retirado, compró todo el terreno que iba desde la huerta del Tío Julián hasta lo alto del monte del vigía y se mandó construir esa torre que ahora era la casa del médico del pueblo, uno de sus nietos. Se decía que había aprovechado hasta la última piedra de la torre original para construirla y que una vez terminada mandó instalar en lo más alto un aparato de radio para que siguiera sirviendo como sistema de alarma. Ya desde la cima, uno podía bajar por el camino de la torre hasta la entrada de la playa de Las Gaviotas, que era la primera del pueblo. Cuando era joven le encantaba hacer esa ruta, y más tarde, ya de casado y con los hijos grandes, alguna vez había aprovechado una mañana de domingo para ir con ellos por ese camino. Era una pequeña aventura. Salían muy temprano, antes de las cinco, porque así podían aprovechar para recibir a los pescadores y elegir lo que más les apetecía para ese almuerzo. Se pasaban un momento por la casa, que estaba a unos cien metros, dejaban lo que habían adquirido y se marchaban, ya con la luz del amanecer, hacía las rocas y el mar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, cuando más había disfrutado esos paseos era de niño. Su madre se lo tenía prohibido desde lo del accidente que había tenido el hijo de unos turistas alemanes, que se había caído, rompiéndose una pierna y yendo a parar al mar, que si no llega a ser por que justo en ese momento había unos pescadores faenando, se hubiese ahogado. Y aunque hasta entonces nunca había pasado de las primeras rocas, fue justo a la semana del accidente, quizás incentivado por el hecho de que estuviese prohibido, que aprovechando una mañana que su madre había ido al pueblo a hacer compra en el mercado, cogió un macuto con una toalla y un bocadillo y se dispuso a llegar hasta el final. Al principio se decía a si mismo que sólo quería ver el sitio en el que el niño se había caído, para comprobar si había sido la dificultad del terreno lo que había provocado el accidente o si, por el contrario, había sido culpa de él, que se había despistado o distraído y había resbalado. Pero como llegó enseguida al lugar del accidente y ni siquiera le había entrado hambre, se dijo a si mismo que no iba a desaprovechar la oportunidad y siguió trepando por las rocas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como era la primera vez que hacía ese camino, en un par de ocasiones tuvo que desandar parte de lo recorrido porque, llegado a cierto punto, este se hacía impracticable. Y fue yendo por uno de esos falsos caminos cuando escuchó aquel sonido por primera vez. Al principio pensó que tal vez algún gato se había extraviado por allí y que lloraba lastimero desde el interior de alguna pequeña cueva. Así que empezó a llamar, ¡miso miso miso!, y a buscar por entre los huecos de las rocas por las que pasaba, por si lo encontraba. Sabía que en ocasiones las gentes del pueblo los cazaban y los llevaban allí para que se murieran, porque aunque ayudaban a evitar que hubiera ratas y otros roedores, también más de una vez se metían en los corrales y mataban conejos y gallinas. Pero no encontró nada y siguió andando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de unos diez minutos, volvió a escuchar el sonido, y esta vez estuvo seguro de que no era un maullido. Aquello sonaba muy diferente. Era más profundo y duraba más que cualquier maullido que él hubiera oído nunca. Se quedó quieto, sin atreverse siquiera a respirar, tratando de averiguar de donde procedía. Por fin paró. Y él no sabía qué hacer, porque la verdad era que el sonido era como una llamada triste, pero estaba sólo y aunque siempre había presumido de valiente, aquello era algo que no estaba seguro de ser capaz de manejar sin ayuda. Así que se quedó allí quieto, sin decidirse a avanzar, pero sin estar dispuesto a retroceder bajo ningún concepto. Sabía que era muy probable que su madre hubiese vuelto ya y si volvía a casa a pedirle a alguien que le acompañara, lo más probable es que no le dejaran volver y le castigaran sin salir. En realidad, ya contaba con el castigo antes de emprender su excursión, pero cuando asumió el riesgo presupuso que llegaría hasta el final de la aventura. Con suerte, sólo notarían su ausencia y que no había cumplido con sus obligaciones en la casa, pero no sabrían dónde había estado, así que el castigo no sería muy duro. Pero si volvía a casa pidiendo que alguien le acompañara a... Ni hablar, eso era impensable. El castigo podía ser meses encerrado sin salir a jugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba pensando en todo esto, sentado en una roca al sol y con las rodillas abrazadas, cuando el extraño sonido volvió a aparecer en el aire. Y esta vez pudo darse cuenta de donde procedía. Venía del final del camino que llevaba al corte entre los dos salientes del monte. Se levantó lentamente y fijó la vista en el lugar invisible del que el sonido venía flotando con la brisa cálida y húmeda. Poco a poco, mientras el sonido se hacía más y más débil, empezó a caminar hacía él, al principio lentamente, teniendo cuidado con donde ponía los pies y luego más aprisa, con más seguridad, como si lo que escuchaba fuese una llamada, una llamada que le fuese guiando. No volvió a errar el camino. Ni siquiera cuando el sonido cesó y ya sólo tuvo sus propios pies y sus propias manos para llegar al final de las rocas. Le llevó algo más de diez minutos, pero por fin alcanzó la última roca y se asomó, impaciente, al saliente sobre el mar. Allí no había nada. El sol, rielando en la superficie del mar, le deslumbraba. El agua parecía un gigantesco espejo roto en miles de pequeños trozos, dispuestos todos y cada uno de ellos a herir sus ojos pálidos. Con la respiración algo agitada, se sentó con las piernas colgando sobre el agua, que rompía con suavidad a unos dos metros por debajo de donde él estaba. Estuvo esperando un rato a que el sonido se repitiera, controlando la respiración para oírlo bien por si esta vez era más suave o venía de más lejos. Cinco, diez, quince minutos. Pero nada, sólo oía el murmullo de la brisa y las olas chocando con las rocas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cansado de tanta luz en los ojos y un tanto decepcionado, se volvió de espaldas al mar, sacó la toalla y el bocadillo de la mochila y le hincó el diente con buenas ganas. La caminata y la desilusión le habían abierto el apetito, así que se comió el bocadillo como premio de consolación. Entre mordisco y mordisco giraba la cabeza y miraba hacia el mar, con una mano para hacerse sombra, aunque la luz reflejada seguía deslumbrándole, así que dirigió sus ojos al camino de rocas por el que había venido, tan deprisa que ni siquiera se había fijado en ellas. La mayoría estaba totalmente secas, pero debajo de algunas quedaban charcos provocados por las salpicaduras de las olas de días menos tranquilos; todavía con el bocadillo en la mano, se acercó a ver si el mar habría dejado alguna de sus criaturas al saltar sobre las rocas. Pero el agua estaba demasiado caliente y olía como si alguien hubiese cocinado en ella esas algas con forma de lechuga que a menudo aparecían en la orilla. Buscó alrededor, por si había más de esos charcos, o mejor, algún recoveco entre varias rocas más cerca del mar al que el agua tuviera acceso de forma continua. Esos sí que eran buenos charcos, pues hurgando podías encontrar cangrejillos, erizos y esos bichos tan raros que parecían un tomate pegado en la roca y que si los tocabas te salían unas ronchas enormes y que picaban muchísimo. Estuvo buscando un rato, sin dejar de mirar de vez en cuando hacía atrás, con la esperanza de que el sonido se repitiera o de ver que era lo que lo producía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un escalofrío le hizo volver al presente. Los recuerdos de su niñez le habían dejado mirando al mar y con una sonrisa en los labios, pero había perdido la noción del tiempo y debía llevar ya un buen rato ahí parado. Comenzó a caminar de nuevo en dirección a donde, antaño, estuvieron las rocas y montes por donde su memoria vagaba. En la playa ya casi no quedaban barquillas de aquellas que de madrugada faenaban en la costa y a las que unas veces su madre y otras su padre, compraban pescado fresco antes de que se lo llevaran al mercado. Claro, que tampoco la costa era igual que entonces, ni quedaban peces que pescar. Lo único que uno podía encontrar con certeza en el agua de la playa eran bañistas y la porquería que salía de los emisarios a kilómetros de la costa, pero que las mareas se encargaban de devolver a la orilla en forma de una espesa capa marrón aceitosa bordeada de pompas y espumilla de un color que se podría confundir con el blanco. Para poder darse un chapuzón, no quedaba más remedio que ir abriéndose camino a paladas con las manos. Por supuesto, eso no te libraba en ningún momento del inquietante encuentro con una bolsa de plástico que se te adhería a una pierna a media agua, de una lata que pisabas y muchos otros sólidos en los que era mejor no pensar. Todas esas cosas eran las que le hacían detestar el verano, lo que a su vez le producía una profunda tristeza. Se sentía demasiado mayor para buscar otro lugar menos poblado, y aunque alguna vez sus hijos le invitaban a ir con ellos a otras costas menos turísticas y más tranquilas, él nunca quería acompañarles. La única vez que lo hizo, la añoranza fue tan grande que les fastidió las vacaciones a su hijo y a los nietos. Era cierto que todo estaba muy cambiado, que donde antes había montes y roca, ahora había un paseo marítimo flanqueado de enormes edificios de apartamentos, que lo que antes fueran chumberas, romero y picas, ahora eran césped, palmeritas y quioscos de helados. Pero él sólo necesitaba cerrar un momento los ojos para volver a verla tal como había sido, con el camino de tierra sin asfaltar, el descampado lleno de matojos donde pastaban caracoles y esa montaña con su bosque de pinos en la que los zorros campaban a sus anchas y sobrevolaba, silenciosa, una pareja de halcones. El paseo le hizo entrar de nuevo en calor y sintió sed. Una vez más, sonrió para si mismo al recordar la sed de otro tiempo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debía llevar más de media hora trepando por entre las rocas, buscando sin encontrar un charco de agua fresca en la que hubiese algún animalejo, cuando una gota de sudor le entró en un ojo. Se incorporó y se dio cuenta de que se le estaba haciendo tarde y de que, de no volver pronto, tal vez su madre volviera y ella o su hermana salieran a buscarle. Si no le encontraban donde solía jugar, se asustarían, y si se asustaban, la regañina sería enorme. Ya hacía mucho rato que no había vuelto a oír aquel sonido, y de tanto esperar al sol le había entrado mucha sed y mucho calor. Al salir de casa no había pensado que tardaría tanto, así que no había cogido la cantimplora. Se acercó hacia donde tenía la toalla extendida y se quedó allí parado, mirando al mar y tratando de decidir qué hacer, si volver dándose por vencido, o quedarse un poco más a ver si lo que quiera que fuese que le había llamado volvía a dar señales de vida. Se quitó el sudor de la frente con el antebrazo, resoplando por la sed y el calor y, tras varios segundos, llegó a la conclusión de que lo mejor sería volver a casa. No llevaba reloj y no estaba seguro de cuanto tiempo llevaba “fugado”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezó a recoger la toalla y a meterla en la mochila un tanto abatido, porque una voz en su cabeza no paraba de decirle que se quedara. Se dejó caer sentándose en la roca, tratando de convencerse de que irse era lo que debía hacer. De repente, una sonrisa le cruzó la mirada. El sol estaba ya muy alto y eso podía producirle una insolación. Lo mejor sería que se diera un baño, y una vez refrescado, volvería a casa con los pies más ligeros y, de paso, podría esperar un poco más por si volvía a escuchar la llamada. Se levantó de un brinco y se acercó al filo de la roca en la que en un principio estuvo asomado. Demasiado alto, no para saltar, sino para volver a subir luego. Tenía que buscar un sitio por el que trepar desde el agua después del baño que no estuviera muy lejos de donde se encontraba ahora. Feliz por ese nuevo motivo de demora, fue de roca en roca tratando de hallar una salida del mar de fácil de escalada, y en unos pocos minutos encontró un lugar donde las piedras eran menos grandes y se acercaban, escalonadas, a la superficie marina. Bajó lentamente por ellas para asegurarse de que resistirían su peso tanto en la bajada como en la subida y empezó a meterse en el agua. Sin embargo, volvió a subir sin haberse llegado a bañar: sería mucho más divertido saltar desde la roca. Sabía que la profundidad era buena y que no había peligro y le apetecía tirarse de cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Volvió a la roca en que descansaba su mochila y, tras cerciorarse nuevamente de que no se haría daño contra ninguna roca, dando unos pasos atrás cogió carrerilla y de un salto se tiró al agua de cabeza. ¡Qué fresca el agua corriendo sobre su piel tostada! Curvando la espalda un poco inició el ascenso con el mismo impulso del salto. Y decidió abrir los ojos para ver los reflejos del sol en las burbujas que había provocado al caer y que surgían de su nariz al soltar el aire. Y entonces la vio. Inmensa y gris. Y le miraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El resto del aire que le quedaba en los pulmones salió todo a la vez, a borbotones, mientras agitaba los brazos y las piernas en círculos intentando alejarse. Cuando por fin alcanzó la superficie, nadó todo lo rápido que pudo hacia las rocas, tratando de salir del agua. Sin embargo, aún no las había alcanzado cuando se paró y, girándose de nuevo, se sumergió. La ballena seguía allí, apenas sin moverse, pero mirándole. O, al menos, eso le pareció a él. Con el corazón latiéndole cual caballo al galope, subió de nuevo a la superficie y nadó hasta las rocas. Pero no salió del agua. Se quedó allí, sin decidirse a salir, pero sin atreverse tampoco a acercarse. Entonces ella volvió a llamarle, con su canto triste e intenso y el sonido le hizo estremecerse. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco, el ritmo de los latidos de su corazón se fue volviendo más pausado. Tímidamente, sujeto a las rocas, volvió a sumergirse y la miró. El ojo enorme y oscuro de la ballena le observaba, como si se tratase éste mismo de un ente independiente de la enorme masa gris en que se hallaba, y como si estuviese esperando algo. Lentamente, se fue acercando de nuevo, buceando cerca de la superficie, arriba y abajo, dentro y fuera del agua, hasta estar a unos veinte metros del enorme animal. Y allí se detuvo a contemplarla. Era inmensa, debía medir más de diez metros, tal vez incluso más de quince. Y él se sintió diminuto, insignificante, a su lado. El ojo parpadeó un instante y enseguida se volvió a escuchar el profundo lamento. Se estremeció, pero no sentía miedo. De hecho, en ese momento se dio cuenta de que, en realidad, no había sentido miedo en ningún momento. Una sonrisa acudió a sus labios, y el aire escapó por la comisura de los labios, pero no salió a respirar. Siguió nadando, mirando al enorme ojo de la ballena y acercándose a ella con decisión. Y cuando estuvo a apenas un metro de su mirada, se detuvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un trueno y una ráfaga de viento le devolvieron al presente con un escalofrío. Había vuelto a quedarse parado de pie, en la orilla, mojándose las piernas. Estaba muy cerca del rompeolas, y no sabía muy bien como había llegado hasta allí. Retrocedió, pues las olas allí aún conservaban parte de su fuerza y había tenido suerte de que ninguna le hubiese mojado entero, o incluso tirado, a traición. Pese al frío, sonrió. ¿Qué más daba que el mar le mojase? Él amaba el mar, la mar, y las olas eran como besos impulsivos de una amante misteriosa, que quisiera de una vez acariciar todo su cuerpo. Se sentía muy feliz. Estiró los brazos hacia el cielo y emprendió un trotecillo para recuperar el calor perdido en el despiste. Abrigaba la esperanza de que el sol saliera lo suficiente como para darse un baño. Al diablo con la artritis. El mar ese día le llamaba, como de niño le llamara la ballena. La ballena...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ojo parpadeó de nuevo, y el voluminoso cuerpo se movió ligeramente. Si es que algo tan grande puede moverse con ligereza. La sonrisa de sus labios se convirtió en risa, se le escapó el poco aire que le quedaba en la boca y no le quedó más remedio que volver a la superficie. Y en cuanto hubo llenado sus pulmones a conciencia, volvió a sumergirse. Y esta vez no dudó, y con las dos manos acarició la piel de la ballena. Caliente pero fría, suave pero áspera, con las palmas de las manos en la superficie interminable e impulsándose con las piernas, siguió las líneas y arrugas de la gruesa piel por todo el costado. Si el aire se acababa, salía a por más y continuaba con la exploración. Los costados, el lomo, la barriga, las aletas, la cola. Siguió con los dedos cicatrices y conchas de moluscos a ella adheridos, aferró las algas que arrastraba y con impaciente respeto acarició el orificio en su cabeza por el que sabía expulsaba en agua que entraba en su boca al comer. Ni siquiera los enormes párpados escaparon a su curiosidad. La recorrió entera. Entonces, sintió el deseo de abrazarla, como si fuera su perro, como si fuera su amiga. Y cuando todo su cuerpo entró en contacto con el de la ballena, ésta se movió y salió a la superficie. Cuando el sol cubrió ambas pieles, él reía a carcajadas, sentado a horcajadas sobre ella. Se puso de pie, pues ella no se sumergía. Caminó a lo largo de su espalda. Se tumbó sobre ella al sol, respirando a pleno pulmón, feliz. Intensamente feliz. Y se quedó allí tumbado, sintiendo su respiración y sus movimientos pausados, pletórico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando pasó un rato y su piel casi se había secado, de repente, se sentó bruscamente. Sí, era fantástico que la ballena estuviera allí, con él, para él, pero... ¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba allí? Con tristeza, acudió a su mente el recuerdo de la foto de unas ballenas  varadas en una playa, muertas o moribundas, sin que nadie pudiera ayudarlas. Sin que nadie supiera el por qué. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se volvió a meter en el agua y fue nadando hasta ponerse justo frente al ojo. Y sin salir de debajo de la superficie, le preguntó: “¿Por qué estás aquí?”. Y espero una respuesta. Pero la ballena permaneció quieta y silenciosa. “¿Por qué estás aquí?”, repitió. Pero por toda respuesta la ballena cerró el enorme ojo y lo mantuvo cerrado. Salió a por aire y se quedó quieto un instante. Luego, volvió a sumergirse, pero esta vez no miró a la ballena. Miró alrededor. El fondo estaba muy profundo allí donde se encontraban, cerca del acantilado. Pero ascendía rápidamente en cuanto te alejabas de él. Y entonces lo entendió. El fondo era demasiado poco profundo, con rocas negras y cortantes todo alrededor que no le permitían volver a mar abierto. Estaba atrapada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se giró de nuevo hacia la ballena y la miró. Tenía de nuevo el ojo abierto, y le miraba fijamente. Fijamente y con una intensa tristeza. “¿Cuánto tiempo llevas aquí?”, se preguntó y le preguntó a ella, dejando salir el aire al pronunciar unas palabras que nadie podría entender bajo el agua. Cuánto tiempo... Él sabía la respuesta. Tres días. Justo tres días. Pues ese tiempo era el que había transcurrido desde la tormenta, desde la marejada que hizo subir las aguas y que le había regalado unas olas enormes en las que revolcarse, conchas que recoger y... Y a la ballena. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se puso muy nervioso. Miró al cielo, para ver dónde estaba el sol y hacerse una idea de la hora que podría ser. ¿Cuánto tiempo podría estar una ballena sin comer? Porque él mismo sentía ya un hambre considerable, ya que seguramente eran más de las dos. Y allí no había mucho espacio para moverse para alguien tan grande. Quizás estuviese tan quieta para economizar energía y aguantar hasta la siguiente marejada y así escapar. O a lo peor era que estaba ya tan cansada que sólo se estaba dejando morir... Un fogonazo de rabia le recorrió el cuerpo, como un relámpago. No podía morir. Él no la dejaría morir. Estaría allí con ella hasta que consiguiera salir, no la dejaría sola y la ayudaría en todo lo posible. La mezcla de las lágrimas y la sal del agua le escoció los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sumergido de nuevo, miró alrededor, siguiendo con la mirada la línea de las rocas. Como la ballena le obstruía la vista, pasó buceando por debajo de ella para poder seguir con la observación. Y poco a poco, buceando y nadando, fue recorriendo los más de doscientos metros de rocas que se habían convertido en prisión para su nueva amiga. Trató de calcular la altura que mediaba entre las rocas y la superficie del agua, y la comparó con la de la ballena. Y encontró varios lugares en los que la altura podía ser adecuada, lo que le puso muy contento. Pero luego se vio obligado a descartarlos, porque como probablemente la ballena ya debía haber comprobado, aunque la altura era apropiada, el espacio para pasar en cuanto al ancho no lo era. Volvió a donde estaba la ballena y se subió sobre su lomo. Pero casi inmediatamente volvió al agua para tratar de encontrar un lugar por donde la anchura fuese adecuada y la diferencia de altura no muy grande. Nadó y nado, hasta que por fin, cerca del borde contrario del acantilado en que él tenía la mochila y la toalla, encontró un lugar lo bastante ancho y que tan sólo era un par de metros de alto menos de lo que sería necesario. Allí, la corriente se hacía notar y tuvo que tener mucho cuidado para que no le arrastrase. Volvió nadando al interior del espacio resguardado por las paredes del acantilado y, sorprendido, descubrió que la ballena se había movido y se había acercado hacia donde él estaba, lo que le puso muy contento y le animó a seguir buscando una solución. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadando, se acercó a la ballena y se tumbó de nuevo en su espalda para descansar un poco. El agua del otro lado de las rocas estaba bastante más fría, y llevaba ya más de dos horas en remojo y sentía frío. Y hambre. Las tripas le sonaron. Cuando el calor del sol le hubo secado un poco, se sentó de nuevo y se puso a pensar. Como la anchura era adecuada, si la ballena cogía impulso nadando desde el fondo del otro extremo de la pared del acantilado, tal vez lograse la fuerza suficiente para elevarse y pasar al otro lado. Sonrió imaginando a la ballena saltando, magnífica y brillante bajo el sol. Pero pronto se borró esa sonrisa de su cara, porque era muy posible que el impulso no fuese suficiente para lograr que saltara y se quedase encallada, y lo más probable es que las rocas le hirieran, y débil como estaba, si sangraba y la sangre atraía a algún depredador (y se imaginó un tiburón enorme con las mandíbulas rebosantes de filas de puntiagudos dientes ya ensangrentados), tal vez no pudiese defenderse...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De un salto volvió al agua, nadó hasta las rocas y las examinó una por una, tratando de averiguar si estaban fijas o si por el contrario lograría moverlas. Si al saltar chocaba, si estaban fijas al suelo, el daño sería mucho mayor. Pero si estaban sueltas, tal vez pudiera desplazarlas con la cola y así abrir algo el camino. “Si tuviera dinamita”, pensó, pero la dinamita también dañaría a la ballena, si es que no la mataba. Empujó las rocas que parecían menos grandes y con más posibilidades de estar sueltas y, en efecto, algunas se movían al tratar de desplazarlas. Así que se puso manos a la obra mientras la ballena, que le había vuelto a seguir, lo observaba con lo que a él le pareció curiosidad. Usando el cuerpo como punto de apoyo en las rocas que estaban fijas, empujó con los pies las rocas más altas, y poco a poco, consiguió tirar alguna. Pero después de más de una hora de esfuerzo, se dio cuenta de que lo que había conseguido mover eran pequeñas rocas que el mar enfurecido probablemente había arrojado allí en la misma tormenta que dejó atrapada a la ballena. Cansado, con los pies doloridos y algo mareado, volvió a subirse a la ballena. No, no estaba cansado, estaba rendido. La buena noticia era que ya no sentía hambre. Se quedó allí tendido, boca abajo, sobre la ballena, oyéndola respirar pausadamente, mientras el mar los balanceaba a ambos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cansancio y hambre. La carrera por la arena le había hecho entrar en calor, pero le había dejado agotado y hambriento. La hora de comer debía de estar próxima. Se acercó al agua, se mojó la nuca para refrescarse y librarse de la sensación de cansancio y tomó un puñado de arena fría y gris en la mano. Abrió la palma y la miró, y encontró entre los granos más gruesos una cristalina azul. La casualidad le hizo sonreír. Las azules eran las más difíciles de conseguir. Verdes, marrones o blancas, abundaban, pero azules... Las botellas azules no abundan. Y la mayoría de las cristalinas tenían su humilde origen en los cascos de botellas arrojados al mar y rotas por éste contra las rocas. Cuando le entregas al mar un objeto, esté le confiere con el paso del tiempo aspectos sorprendentes y muchas veces hermosos. Como esos cascos de barcos hundidos, que eran sólo metal retorcido, pero las aguas lo han cubierto de colores y formas vivas, a la vez que se alimenta de él, lenta pero inexorablemente. En cambio, cuando el hombre toma del mar, rara vez produce algo hermoso. Pensaba en todo esto sin dejar de mirar al mar. Sólo mirando el mar. Sabía que, si giraba la cabeza, los acantilados de su infancia ya no estarían allí. Y por algún motivo, ese día la añoranza era muy intensa. Ansiaba trepar por las rocas, las mismas rocas que antaño recorrió y que le condujeron al acantilado, y a la ballena. Bajó la vista a la arena, y sin levantarla del suelo, inició un lento caminar hacia el vacío de los acantilados y las rocas. Tal vez, si no alzaba los ojos de la arena, sus pasos le llevarían allí de nuevo. Tal vez, si no miraba con sus viejos ojos, la memoria en que era sólo un niño, esa que siempre se mantendría joven, guiaría sus pasos para llevarle allí, de nuevo. Tal vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una ráfaga de aire le despertó para descubrir que aún estaba sobre la ballena. Temía que todo hubiese sido sólo un sueño. Se sentía pesado. Dormir al sol siempre le producía esa sensación. Pero, sin embargo, el descanso le había animado, y despertar en la realidad de la compañía del enorme animal le llenó de felicidad. Había tenido un sueño. Un sueño en el que comía un helado gigante de chocolate en la heladería que había en la playa de Las Gaviotas. En una heladería que estaba junto a un bar. Un bar que tenía un servicio de tumbonas. Se levantó sobre la ballena de un brinco. Había tenido una idea genial. Y estaba tan contento, que mientras caminaba alante y atrás por la espalda de la ballena, se la contó. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-	¡Las rocas cortan, pero tengo la solución! Usaremos colchonetas para amortiguar las que más corten y sobresalgan. Así, cuando saltes, aunque choques contra ellas no te herirán, o al menos no tanto. Sólo tengo que ir hasta la playa y, esto, cogerlas prestadas del chiringuito. Conseguiré también cuerda o algo con qué atarlas, y una vez sujetas, tú sólo tendrás que nadar muy fuerte, coger velocidad y saltar todo lo que puedas. ¡Y llegarás al otro lado y serás libre! ¡Será fantástico, ya verás! Y podrás irte y comer, y pronto te sentirás bien. ¡Por qué no te vas a morir aquí! Aún tienes que nadar mucho, por mares lejanos, y conocer otras ballenas y...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras él hablaba y hablaba, dando explicaciones de cómo saldría de allí y de las cosas que haría viajando por los siete mares (a ser posible, llevándole a él), la ballena comenzó a moverse, nadando lentamente hasta las rocas, o todo lo cerca que podía llegar. Así que él sólo tuvo que saltar y nadar unas pocas brazadas para alcanzarlas y trepar. Cuando llegó a una roca en la que pudo ponerse de pie, se volvió hacia el mar y miró a la ballena. No sabía muy bien cómo, pero estaba seguro de que ella le había entendido. Así que se llevó las manos a la boca a modo de altavoz y le gritó desde donde estaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-	¡No te preocupes, volveré pronto! ¡Y entonces te ayudaré y saldrás de esta cárcel!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y como en respuesta, la ballena se sumergió un momento, y al salir expulsó un gran chorro de agua por el orificio de lo alto de su cabeza. Muy animado, la saludó con la mano mientras veía como se volvía a sumergir y comenzó la escalada. Paso a paso, roca a roca, fue salvando la pendiente del monte hasta llegar a la casa torreón del médico, dónde paró unos minutos para recobrar el aliento, y luego recorrió a grandes zancadas el camino que había hasta la playa de las Gaviotas, sin dejar de pensar ni un momento en cómo se las apañaría para “tomar prestadas” las tumbonas sin que le pillaran. Bastante castigo le iba a caer encima sin necesidad de que le acusaran también de robar en un chiringuito. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando distaba unos doscientos metros de la zona de las tumbonas, se sentó a reflexionar y a observar el terreno. Debían de ser las cuatro de la tarde, más o menos. Lo cual era perfecto, pues la mayoría de la gente estaría durmiendo la siesta o comiendo aún. Así que no se demoró más y se  fue directamente hacia las sombrillas de paja bajo las que sabía que encontraría las tumbonas. Nadie a la vista. Así que se acercó y agarró la primera tumbona, y entonces se dio cuenta de algo que debería haber sabido desde el primer momento: las tumbonas pesaban mucho. Rellenas de goma espuma y de un espesor de un palmo como el de su mano, con suerte podría arrastrar, como mucho, dos o tres. Y muy lentamente, con lo que las posibilidades de que le atraparan aumentaban considerablemente. La desilusión se pintó en su cara, aunque no hubiera nadie allí para verlo. Se acuclilló, se abrazó las rodillas y trató de pensar en una solución, pero sólo conseguía acordarse del helado enorme de su sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó y caminó hasta la orilla del mar, dando puntapiés a la arena, desanimado y enfadado consigo mismo. ¿Cómo no había pensado en el peso? ¿Cómo había sido tan tonto? Metió los pies en el agua, y la emprendió a patadas con las olas. Y estuvo así un buen rato. Hasta que se cansó, y con la respiración alterada y la rabia algo mitigada, se volvió hacia donde estaban las sombrillas. Había pasado todo el día al sol, y notaba la piel tirante y molesta. Y sed, mucha sed. De pronto, recordó que había una fuente junto al puesto para alquilar las tumbonas, y se dirigió a él caminando a saltitos. Llegó, y bebió con impaciencia y satisfacción, parando para tomar aire, hasta que se sintió saciado. Y al levantar la vista, las vio. Enrolladas y atadas con una cuerda, metidas dentro de una caja de cartón. Esperándole. Debía haber más de treinta esterillas de esas de esparto, tal vez cuarenta. No necesitó pensar más. Miró a un lado y a otro para asegurarse de que nadie estaba a la vista, agarró la caja como pudo y se marchó tan deprisa como el peso y el volumen de su carga, amén del cansancio acumulado, se lo permitieron. Y no paró hasta perder de vista el puesto de alquiler, el chiringuito, el quiosco de helados y estar con los pies en el camino que conducía a la casa del médico. Entonces, paró a descansar a la sombra de un platanero, y en cuanto recupero el aliento, siguió la marcha, parando sólo para descansar de vez en cuando unos minutos, y arrastrando su carga cuando los brazos cedían ante el esfuerzo. Así, a trancas y barrancas, pasó la casa del médico y fue descendiendo por el monte, lenta pero constantemente, hasta que el cansancio le hizo tropezar y cayó al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tropezar fue lo que le hizo abrir los ojos. Debía haberlos cerrado mientras caminaba, evocando aquel recuerdo infantil en el ya desaparecido paisaje de rocas y arena gris. Por eso se sintió tan sorprendido, felizmente sorprendido, cuando vio que lo que le había hecho tropezar había sido una de esas rocas. Y tras la primera, encontró otra, y otra más. Y al levantar la vista halló frente a él ese paisaje de su nostalgia. Piedra y roca. Y, a lo lejos, el acantilado. Las lágrimas casi le cegaban y no se atrevía a moverse. Temía que el más mínimo movimiento desvaneciese lo que, su razón le decía, debía ser una visión. Finalmente, dio un paso y puso el pie sobre la primera roca, la que le había hecho tropezar. Era completamente sólida y real. Y ya no se detuvo. Caminó por las rocas, ayudándose de las manos allá donde lo fue necesitando, alejándose de la arena de la playa y adentrándose a cada paso más en el camino hasta donde, tantos años atrás, encontrara a la ballena. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunas esterillas rodaron varios metros monte abajo, y tuvo que dedicar algunos minutos en recogerlas y colocarlas de manera que fuese cómodo transportarlas, pues la caja se había roto. Al terminar, se sentó a descansar un momento, y descubrió que una de sus rodillas sangraba profusamente. Se había hecho un corte bastante profundo al caer, y la herida estaba llena de arena y pequeñas piedras. Se quitó la camiseta y trató de limpiarse con ella la herida, que la verdad, escocía y dolía bastante. Torpemente, consiguió sacarse las piedrecitas, pero no dejaba de sangrar, así que de un tirón arrancó una tira de tela de la misma y se hizo como buenamente pudo un vendaje, a fin de taponar la herida y ver si así dejaba de sangrar. Se imaginó, sin poder evitarlo, la cara de su madre cuando le viera, y se preguntó si tal vez la herida despertaría la compasión de su madre, o por el contrario, empeoraría aún más las cosas al volver a casa. Mejor no pensar en ello demasiado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de empezar a caminar, echó un vistazo para comprobar cuanto camino le quedaba por delante. Ya no mucho, se dijo, pero la peor parte, porque cada vez era más empinado, y cargado y con la herida tendría que ir bastante lento. Calculó que tardaría aún más de media hora en llegar hasta el mar, y hasta la ballena. Así que, pensando en que el agua salada sería lo mejor para lavarse la herida y la sangre que ya medio seca le cubría la pierna, con cuidado para no volver a caer retomó el camino. Poco a poco, la brisa del mar empezó a alcanzarle, refrescándole y animándole a continuar. Aún así, tardó todavía más de media hora en alcanzar las rocas donde, ya varias horas antes, la ballena le había despedido con un impresionante chorro de agua coronando su cabeza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar, soltó las esterillas, se quitó las zapatillas, y se tiró al agua. La caída arrastró la tela mal anudada de la rodilla, que se le había pegado a la herida, lo que le produjo un dolor bastante intenso, y que ésta empezase a sangrar otra vez. Pero pese al dolor y el escozor, el agua arrastró el cansancio y le hizo sentirse feliz. Así que, cuando hubo salido a la superficie para tomar aliento, se sumergió otra vez, en busca de la ballena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba muy abajo, cerca de la pared del acantilado, quizás donde más profundo era el litoral en aquel recoveco de la costa. Se la veía muy quieta, y desde esa distancia, no podía ver si tenía los ojos abiertos o cerrados. Salió de nuevo a la superficie y cogió cuanto aire le cupo en los pulmones, y se sumergió en busca de la ballena. Nadó y nadó, hasta que le empezaron a doler los oídos y a escapársele el aíre de los mofletes hinchados, y al alcanzar a la ballena comprobó que tenía los ojos cerrados. Así que, con un último esfuerzo, le palmeó la cabeza. La ballena abrió lentamente el enorme ojo, y aunque él estaba justo frente a él, al principio pareció como si no pudiese verle. Entonces, con un parpadeo, inició un ligero movimiento y emitió aquel profundo y triste sonido con el que por primera vez le había llamado. Y este canto, esta llamada, se prolongó hasta que, ya sin aliento y congestionado, alcanzó una vez más la superficie del agua. Y a los pocos segundos también la ballena apareció, y respirando aún agitadamente, se subió a su lomo y allí se tumbó, boca arriba, acariciando la gruesa piel con la palma de las manos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasados unos minutos, su respiración se relajó, y se incorporó. Mirando al cielo, llegó a la conclusión de que debía ser ya más de las cinco de la tarde, lo cual significaba dos cosas, principalmente: que le quedaba muy poco tiempo antes de que el sol se metiese tras las montañas, y por lo tanto, pocas horas de luz para llevar a cabo su plan de rescate, y, además, que en esos momentos su madre debía estar, por un lado, llamando a la policía, la guardia civil, los bomberos, etc., muy preocupada, y, al mismo tiempo, decidiendo en que consistiría y cuanto duraría exactamente el castigo que le pondría cuando le encontrase. Agitando la cabeza trató de olvidarse de esa parte de la aventura, y se dispuso a ejecutar su plan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las siguientes dos horas, aproximadamente, las pasó sumergiéndose y buceando, arrastrando esterillas y acarreando piedras, nadando persiguiendo esterillas llevadas por la corriente, recogiendo piedras que preferían desplazarse a quedarse donde él las colocaba, y volviendo a la superficie a recuperar el aliento y a “discutir” con la ballena el mejor modo de hacerlo todo. Durante todo este tiempo, la ballena le fue siguiendo con la mirada, y a veces nadando, siempre cerca de él, como tratando de entender que estaba haciendo esa pequeña criatura. Con la cuerda con que habían estado atadas las esterillas, midió a la ballena por donde era más ancha, como mejor pudo, y luego la zona de rocas que había elegido para que la ballena pasase. Ésta era algo más grande que la apertura entre las rocas, y también más alta, pero no más de unos veinte centímetros. Así que, primero, trató de quitar cuantas rocas pudo de las que pensaba que podrían hacer daño a la ballena, que fueron bastantes pocas. Y a todas las que no había manera de mover, las envolvió con capas de esterillas, poniendo más donde pensaba que las rocas eran más cortantes, y sujetándolas con la ayuda de otras piedras y de la cuerda, de la que fue cortando trozos (para lo que había golpeado una piedra hasta dejarle un filo cortante) hasta que no le quedó un triste trozo. Al final, ya no le quedaban ni esterillas ni cuerda, pero a él le parecía que aún muchas rocas herirían a la ballena. Pero no se dejó arrastrar por la pena ni el desánimo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como llevaba mucho rato en el agua, se acercó nadando hasta las rocas en que dejara la toalla y se tumbó a descansar un rato. Volvía a sentir una sed inmensa, y los brazos y las piernas le pesaban por el cansancio. Pasados diez minutos, se sentó con las piernas estiradas y reclinado ligeramente hacia atrás con las manos apoyadas en el suelo de piedra. El sol ya descendía por el cielo camino de las montañas, la luz era más suave y anaranjada y el calor espeso de todo el día iba desapareciendo. Era el momento de la verdad. Había que conseguir que la parte más difícil e importante de su plan se llevase a cabo con éxito. Conseguir que la ballena pasase por la apertura y alcanzase el mar abierto. Suspiró profundamente y miró a la ballena&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El estallido de una ola y la espuma blanca coronaron la roca, y se sentó cansinamente en el mismo lugar en que, tatos años atrás, había contemplado a la ballena. Se le ocurrió que a lo mejor, la ballena tenía entonces tantos años como él ahora, y se preguntó si aún seguiría viva y surcando los océanos. El mar seguía agitado, con lo que era imposible distinguir el fondo de rocas. Le hubiera gustado saber si alguna de las esterillas seguía allí, después de tantos años. Sonrió por dentro, y se abrazó las rodillas. En una de ellas, seguía la marca, ya casi invisible, del corte que se había hecho bajando el otro lado del monte. Se acarició un instante la cicatriz, y luego se levantó y se acercó al filo de la roca. Mirando al mar agitado, volvió a sumergirse en el recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Justo en el momento en que saltaba de nuevo al agua, la ballena volvió a emitir aquel profundo canto. Pero esta vez no le pareció que fuese tan triste, y le gustó mucho el cambio que se produjo en el sonido tal como era en el aire a como le sonó ya una vez rodeado del mar. Se fue nadando hacia la ballena y se situó frente a uno de sus ojos. Le pareció que ella le miraba con curiosidad y casi como si sonriese, si es que una ballena puede sonreír, aunque sea sólo con la mirada. Le devolvió la sonrisa, pero casi inmediatamente, se puso serio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-	Ahora –le dijo- es cuando tú tienes que hacer tu parte. Ya has visto que he puesto un montón de esterillas para protegerte, así que no tienes que tener miedo. Lo que tienes que hacer es nadar en círculos hasta que vayas muy rápido, todo lo rápido que puedas, y entonces dirigirte hacia la apertura y tratar de saltar. Sólo tardarás unos pocos minutos, y no te costará mucho esfuerzo. Y luego, podrás buscar comida y ponerte fuerte otra vez, y reunirte con tu familia, que seguro que todos te echan de menos y están muy preocupados, y no se van a enfadar ni nada por haber estado tanto tiempo fuera...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ballena parpadeó un par de veces y expulsó agua por su orificio, pero no se movió. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-	¡Vamos! ¡Empieza a nadar ya! Qué no puedo quedarme mucho más rato...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero seguía sin moverse. Se acordó entonces de que, mientras él había estado nadando entre la apertura y las rocas donde tenía las cosas, la ballena le había seguido, así que, pese al cansancio, se puso a nadar siguiendo las paredes del acantilado y luego la media luna de rocas del fondo, para ver si la ballena le seguía. ¡Y así era! Así que, tras dar un par de vueltas, se dirigió hacia la apertura y salió nadando por ella a mar abierto. La ballena, sin embargo, se detuvo antes de llegar al pasadizo entre las rocas. Pero él no se dio por vencido, y volvió a hacer el mismo recorrido, una y otra vez, hasta que, extenuado, se fue nadando hasta un saliente de roca y allí se detuvo, a descansar. El sol ya había empezado a ocultarse, y él estaba muy cansado, y sabía que, para volver a casa, necesitaba algo de luz que le permitiese ver el camino. Subió a la roca y se envolvió en la toalla, porque ya no hacía calor y le dio frío apenas salió del agua. Sentado hecho un ovillo con la toalla vio como la ballena se acercaba a donde él estaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tienes que hacerlo, vamos. Es muy fácil. Eres muy fuerte, y con un poco de carrerilla, seguro que puedes saltar lo suficiente para pasar sin hacerte daño... O al menos, no mucho. Mira, te lo enseñaré otra vez, es muy fácil –y poniéndose en pié, empezó a hacer como si nadase en círculos sobre la roca, siguiendo su contorno, avanzando cada vez con más velocidad y, finalmente, saltó de nuevo al agua. Al salir a la superficie, volvió a insistir.- Ves, es muy sencillo –dijo mientras se secaba los ojos y volvía nadando hasta la roca.- Sólo tienes que nadar rápido y saltar por encima de las rocas –casi le gritaba, mientras repetía el baile sobre la roca y saltaba de nuevo al agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguió caminando hasta correr en círculos, y saltando al agua, volviendo a trepar a la roca, corriendo otra vez y saltando de nuevo, mientras le explicaba una y otra vez que hacer y trataba de convencerla de lo fácil que era. Y así, hasta que, en uno de los giros, exhausto, se calló y la herida de la rodilla se le volvió a abrir. Se quedó allí, en el suelo, viendo la sangre manar de la herida, llorando en silencio. Y allí siguió, hasta que un sonido atrajo su mirada hacia el agua. Era la llamada de la ballena, una vez más. Y cuando el sonido se apagó, la ballena se sumergió y, como ya casi no se veía el sol, él no pudo ver a donde iba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo había quedado en silencio. El mar llevaba un rato sin golpear con sus olas las rocas, y sólo una pequeña ráfaga de brisa le hizo darse cuenta de que también ahora estaba llorando. No trató de secarse las lágrimas. El mar se estaba calmando y empezaban a poder distinguir, a veces, las rocas del fondo. También las nubes se habían ido retirando, y los rayos de sol calentaban su cuerpo y se reflejaban, con la belleza de antaño, en las límpidas y azules aguas. A través de las lágrimas, contemplo las paredes del acantilado, el extremo de las rocas al otro lado del monte, el mar meciéndose entre las rocas, suave, acogedor. Y una enorme sombra que nadaba y nadaba en círculos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, una ola le salpicó entero, haciéndole salir de su ensimismamiento. ¿Una ola? Pero si el mar estaba como un plato... Y es que no había habido tal ola, sino que la ballena, con su cola, había levantado una pequeña columna de agua para llamar su atención. ¡Estaba nadando en círculos, exactamente como él le había dicho que hiciese! Se levantó de un salto, y siguió saltando sobre sus pies, gritando y agitando los brazos, mientras la ballena nadaba en círculos, cada vez más y más deprisa. El lomo de la ballena salía a intervalos del agua, pues esta se sumergía y volvía a salir, supuso él que para conseguir más metros de agua en los que nadar. Durante varios minutos, nadó y nadó, cada vez más rápido, hasta que en un momento dado, con un movimiento brusco, puso rumbo a la apertura y, con un fuerte golpe final de su cola, se lanzó por el pasadizo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no saltó. Sé quedó con un grito ahogado y un gesto de victoria a medio formar congelado en la cara. ¡No había saltado! Y ahora podía ver a la ballena atrapada en la apertura. Pensó que su plan había fracasado, que por su culpa, ahora la ballena se había quedado encallada y moriría allí, tal vez herida, y atacada por depredadores. Sin apenas soltar la toalla, se tiró al agua. Mientras nadaba todo lo rápido que podía hacia la ballena, se sintió idiota por haber imaginado que él sólo iba a poder salvarla. Pensó que lo que tenía que haber hecho habría sido ir a pedir ayuda a los mayores, en el pueblo, y que entonces a lo mejor algún barco la habría ayudado, liberado, o lo que fuese. Cualquier cosa mejor que el morir allí, atrapada, sin poder moverse, tal vez mordida por tiburones... Siguió nadando, furioso consigo mismo, hasta que de repente se dio cuenta de que no avanzaba, porque el propio agua le frenaba, pero ¿cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y entonces se paró, y se dio cuenta de que, aunque era verdad que no había saltado, la ballena no estaba atrapada, o al menos, no del todo. Con la cola batía el agua, formando un oleaje artificial e impulsándose poco a poco hacia delante. Y ese oleaje era lo que le había frenado al nadar. Se atragantó con un buche de agua al gritar de alegría, así que, tosiendo y moqueando, siguió tratando de acercarse a donde la ballena estaba. Pero era imposible, y cuanto más se empecinaba en acercarse, más difícil le resultaba ver si la ballena se conseguía liberar de las rocas que la aprisionaban. Por más que nadaba, no lograba acercarse. De repente, un gran golpe de agua le alcanzó y sintió como si perdiese el equilibrio, y se hundió. El agua se arremolinaba a su alrededor, mientras el trataba de distinguir entre la espuma dónde estaba el arriba y el abajo, o de encontrar a la ballena. El movimiento le hizo sentir mareado, se sintió arrastrado por el agua, dejó de nadar y se dejó llevar. Con los ojos entreabiertos, empezó a distinguir como la espuma iba a menos, como la fuerza del agua iba disminuyendo, y cómo su cuerpo se dirigía hacia arriba, y fuera del agua. Estaba tan cansado que no trató de nadar, y se conformó con respirar y dejarse flotar en el agua. Ni siquiera trato de divisar a la ballena, donde quiera que esta estuviese. Sólo quería dejarse mecer por las olas, porque estaba muy cansado, tan cansado que sentía mucho sueño, un sueño casi irresistible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún seguía allí, sobre la roca, y esta vez había visto cómo la ballena nadaba contra la apertura y encallaba en ella, y como levantaba enormes olas de agua y espuma blanca con la cola en su lucha por salir del pasadizo de rocas. Podía ver cómo iba poco a poco avanzando, cómo en su avance se hería con las rocas, cómo fluía la sangre, y cómo, con un golpe final, se liberaba del abrazo de las rocas, pero arrastraba a su vez la pequeña figura de un niño, y cómo este desaparecía bajo las aguas, sin nadar, y sin volver a aparecer en la superficie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se quitó la ropa, ni siquiera los zapatos. Se lanzó al agua y comenzó a nadar con todas sus fuerzas hacia el cuerpo del niño, que flotaba más allá de la media luna de rocas, y era arrastrado poco a poco por la corriente. Tenía que llegar a tiempo. No podía dejar que el pequeño se ahogara. No podía, no podía. Tras lo que le pareció una eternidad, alcanzó al niño. Seguía flotando boca arriba, pero parecía inconsciente. Le rodeó la espalda con su brazo, sujetándole para que la cabeza quedase fuera del agua y trato de mantenerse a flote mientras recuperaba el aliento. Cuando hubo descansado unos segundos, se giró para establecer el camino más rápido hasta las rocas. Pero se dio cuenta de que estaban bastante lejos, y que la corriente seguía arrastrándoles, alejándoles  más y más de la costa y del acantilado. No había tiempo que perder. Sujetando lo mejor posible al muchacho, empezó a nadar hacia la costa, esforzándose por avanzar lo máximo posible. Pero estaba cansado por el esfuerzo, y la herida de la rodilla le escocía y le dolía cada vez más. Llevaba muchas horas sin comer y había perdido bastante sangre. La ropa, además, le estorbaba al nadar. Si al menos pudiese quitarse los zapatos. Paró de nuevo unos instantes para descansar, aunque apenas había avanzado algunos metros y el mar continuaba arrastrándoles. Como pudo, mientras se mantenía al niño y a él a flote con una mano, con la otra trató de quitarse los zapatos. Pero se hundía, y tragaba agua, y temía que el niño escapase a su abrazo. Volvió a comenzar a nadar hacia tierra, pero cada vez le quedaban menos fuerzas, el niño pesaba más y le arrastraba, y el agua se empeñaba en metérsele en la boca y por la nariz, impidiéndole respirar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi se había rendido él también, cuando notó que tocaba fondo con los pies. Aliviado, en escasos segundos lo primero que pensó fue que estaba demasiado lejos de la costa para tocar pie. En ese momento de certidumbre, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Pero no le dio tiempo a asustarse, pues en esos mismos breves segundos, el niño y él se encontraron fuera del agua, descansando sobre el lomo de la ballena, que nadaba lentamente frente al acantilado que poco antes había sido su prisión. Mientras él aún rodeaba con su brazo al niño, la ballena se deslizaba como un silencioso barco frente a la costa, alejándose del acantilado y llegando, poco a poco, hasta la playa en la que estaba su casa desde hacía tantos años. Y allí permanecieron, frente a la orilla del mar, en silencio, contemplando la puesta de sol. Poco más tarde, dejó al niño en la orilla y se fue nadando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dio cuenta entonces de que hasta ese momento, nunca había sabido como había aparecido en la playa, sano y salvo. Le hubiese gustado taparle con algo, para que no cogiese frío, pero no tuvo que preocuparse, porque casi inmediatamente, un vecino encontró al niño y se lo llevó, aún inconsciente, en brazos, hasta su casa. Recordaba, en cambio, que al despertar su madre le había abrazado, y que no había habido castigo ni reprimenda, sólo sopa de pollo, filete de ternera con ensalada, un pastel de chocolate, todo en la cama, calentito, y con su familia al completo rodeándole. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él observó alejarse al vecino con el niño en los brazos. La herida de la rodilla ya no le dolía, ni sentía sed ni hambre. Sólo seguía algo cansado, y en el fondo de su alma lo que de verdad lamentaba era que la ballena no le hubiese llevado con él. Arrojó una piedra al agua, pero en vez de sumergirse, la piedra rebotó. El agua se deslizó, dejando aparecer el lomo de la ballena, que mirándole desde la profundidad de uno de sus ojos, dejó escapar de su cuerpo, una vez más, aquella llamada. Se quitó los zapatos, y comenzó a andar hacia ella. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le encontraron hecho un ovillo junto a la orilla del mar. Sonreía con la comisura de los labios, pero su cuerpo estaba frío y rígido. Aunque estaba vestido, no llevaba los zapatos, que estaban juntos un poco más arriba en la pendiente de arena. Resultaba increíble que no se hubiera mojado. &lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7258445-108680602137640885?l=zirbethcuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108680602137640885'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7258445/posts/default/108680602137640885'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://zirbethcuentos.blogspot.com/2004/06/un-paseo-por-la-playa.html' title='UN PASEO POR LA PLAYA'/><author><name>Eowyn Zirbêth</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06987473924040679818</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
